jueves, 8 de diciembre de 2016

ARNOLD BÖCKLIN Y LA MISTERIOSA ISLA DE LOS MUERTOS



Arnold Böcklin, pintor suizo . Formado inicialmente en dibujo en la ciudad de Basilea, con posterioridad, prosigue sus estudios en la Academia alemana Kunstakademie de Düsseldorf, donde entra en contacto con artistas de la talla de:Carl Friedrich Lessing Anselm Feuerbach. Tan sólo un año después decide trasladarse a París, aunque a comienzos de los cincuenta se asienta en Roma para instalarse durante cinco años continuados en tierras italianas, un periodo fundamental para impregnar a su pintura la luz y halo romanos que tanto le sirvieron. De hecho, el descubrimiento de la cultura clásica de primera mano ocasionó que se iniciase en la reproducción de escenarios intercalados con la mitología. Terminada su estancia en Roma, retorna a Basilea donde imparte clases en la Academia de Weimar. Ocupación que abandona para viajar de nuevo por Roma, Pompeya, Munich, Florencia y regresar otra vez a Basilea. Finalmente, seis años antes de morir  fija su residencia definitiva en Florencia, concretamente en la Villa Bellagio, en San Domenico, donde ha de fallecer.  
A lo largo de los años ochenta, comienza un relevante interés por su obra del rey Ludwig I, hecho capital para asegurarse un prestigio y éxito sólidos. Asimismo, el conde Von Schack, espléndido coleccionista le concede un gran número de encargos. Además a partir de la década de 1880, sus creaciones fueron adquiridas con gran notoriedad en los círculos de Berlín o Dresde. No obstante, es necesario apuntar que en vida no gozo de la comprensión y tratamiento (sobre todo en Francia) que su obra mereció. 
Hombre muy temperamental, alejado de los sentimientos decadentes o descorazonados del simbolismo puro. Sus trabajos alegóricos, románticos y  fantásticos plagados de referencias y figuras mitológicas pronto se convirtieron en un caballo de batalla inaudito y vehemente preludio ineludible de surrealismos futuros. Faunos, centauros, sirenas o ninfas subrayan una primera etapa creativa, definida décadas después por la conjunción de viejas leyendas germánicas que le confieren a su legado un aura fúnebre, onírica y tormentosa que es necesario descubrir. Suya es, una atmósfera insólita y obsesiva asociada inmediatamente a un hombre y su fantástica visión de la realidad. 
Siniestra y dramática poesía de unas obras conectadas con unas vivencias y trayectoria fundamentales para entender su extraordinaria seña de identidad: "Con tan sólo veinticinco años de edad, durante su primer viaje a la capital romana, se casó con la hija de un guarda pontificio que entre 1855 y 1876 fue la madre de sus once hijos. Cinco de ellos fallecieron muy pequeños, y en dos ocasiones en 1855 y 1876, la familia al completo sufrió letales epidemias de cólera. No en vano, estás trágicas circunstancias no hacen más que profundizar su sensibilidad y nos ayudan a entender, el romanticismo y extraña alegoría tenebrosa de sus pinturas".



La isla de los muertos' atrapa; el espectador necesita su tiempo para buscar entre las sombras, detenerse en la blanca figura espectral que sobresale del cuadro y analizar el porqué de la inquietud que nace de la quietud, de esas oscuras aguas surcadas por la barca que se acerca en silencio a esa isla ominosa de altos cipreses; parece abrazar a sus visitantes para no dejarlos salir jamás. Arnold Böcklin, es un pintor poco conocido en nuestro país, a pesar de que fueron muchos los que cayeron subyugados por este artista que se autorretrató pintando con la parca tocando el violín a su espalda. Entre los más conocidos, un personaje muy relacionado con la muerte, en especial la de otros, Adolf Hitler. El genocida sintió pasión por este autor, que a su juicio simbolizaba la esencia de lo alemán, junto al músico Wagner y al filósofo Nietzsche. Hitler, que tenía una copia de 'La isla de los muertos' en uno de sus despachos (hay constancia de ello en una foto), afirmó que era "el mejor pintor del siglo XIX" . Este 'amor' es una de las razones por las que Böcklin ha sido injustamente tratado con posterioridad, en la convicción de que si gustaba a alguien tan perverso debería ser sepultado bajo toneladas de amnesia intencionada.
                                     La vida de ultratumba del pintor preferido por Hitler
"Digamos que la admiración de Hitler ha empañado bastante su reputación y le dejó unos años en el olvido (dice Antonio Belmonte, autor de "Arnold Böcklin. Invitación al mito") , aunque quizá más daño le hicieron décadas de ser un pintor excesivamente sobrevalorado. Y claro, cuanto más alto se sube... En todo caso, es una lástima que inevitablemente se tenga que hacer referencia a Hitler al hablar de Böcklin a pesar de que tuvo admiradores y amistades de muy diverso signo". Se refiere el escritor a que la pasión que le profesaba Hitler era compartida por Lenin, Thomas Mann, Hermann Hesse... Y mucho después de la muerte del pintor, su obra le ha sobrevivido, sirviendo de musa para artistas que la han mantenido viva en prácticamente la totalidad de las expresiones artísticas: los pintores Dalí, De Chirico y Ernst, los escritores Rubén Darío, Rainer Maria Rilke y Juan Ramón Jiménez, el músico Sergéi Rachmaninov, cineastas como Friedrich Wilhelm Murnau, el artista gráfico H. R. Giger, conocido por diseñar los decorados de 'Alien'… "Varios lectores amigos -señala Belmonte- han coincidido en que lo que les ha llamado más la atención del libro es el último y amplio capítulo sobre el Böcklin de ultratumba, la historia del pintor más allá de la muerte. A mí también me lo parece. Se puede hacer una historia de buena parte de la cultura occidental de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX utilizando a Böcklin". Belmonte ayuda en este artículo a hacer un recorrido por la apasionante existencia del artista.
Su figura ha quedado unida para siempre a 'La isla de los muertos'. En 1880, año de la muerte de su padre, su amiga Maria Berna, futura condesa de Oriola, le pidió "un cuadro para soñar". Y surgió 'La isla de los muertos', de la que Böcklin pintó cinco versiones, algunas más luminosas que otras, pero todas con la figura blanca que parece ser el alma del difunto conducida en la barca (que tanto recuerda a la de Caronte) hacia su morada final. Muchos creen que el paisaje imaginario de la famosa obra tiene su equivalente real en Isquia; otros, que se trata de la isla de Ponza, del cementerio de los Ingleses de Florencia o, incluso, una pequeña isla de Dalmacia.
La primera versión la dejó inacabada y entregó la segunda a la condesa (se conserva en el Metropolitan de Nueva York). Luego retomó la original, que acabó en manos del banquero coleccionista de arte Alexander Gunther (cuelga de las paredes del Kunstmuseum de Basilea). La tercera fue para el marchante berlinés Fritz Gurlitt. Uno de estos dos hombres tuvo que ser el que bautizó el cuadro con ese título digno del mejor publicista. Esa tercera versión fue la que compró Hitler en 1934 para desaparecer al acabar la Segunda Guerra Mundial junto a otras obras del autor, entre ellas la cuarta versión, que es la única de la que no se tiene noticia, pues la tercera reapareció en 1979. La quinta fue 
(Antonio Belmonte): El marchante, o quien fuese que pusiera nombre al cuadro, tuvo una buena ocurrencia y lo vendió bien. Tuvo una difusión extraordinaria, incluyendo una copia de Max Klinger, que tiene un alto porcentaje de participación en ese éxito. La obra admite muchas lecturas y recreaciones, desde el sexo hasta la cultura de los zombies, por citar dos muy extremas y bastantes tergiversadas. Sin contar, claro está, el periplo peculiar y accidentado de los cuadros, con historias de espionaje y ambiciones políticas. Es un cuadro evocador y enigmático.
En cuanto a la cuarta versión,si no se ha destruido, haría falta saber quién se la quedó. Se perdió en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes pudieron esconderla en una montaña utilizada a modo de búnker natural. Los rusos pudieron, en su ofensiva sobre Alemania, habérsela apropiado como botín de guerra, como parece ser que ocurrió con la tercera, que reapareció en un contexto preolímpico y como gesto político, en los últimos años de la Guerra Fría. Y hasta podría llegar a aparecer en Argentina o Brasil, si acabó en manos de algún nazi, como ha ocurrido con muchas películas mudas descubiertas. Invito al lector a ver el documental 'El museo de Hitler' o leer las memorias de Albert Speer en 'Acantilado' para hacerse una idea propia de esos diversos destinos a los que puede estar expuesta una obra de arte.
La vida de ultratumba del pintor preferido por Hitler
En la misma onda de 'La isla de los muertos', Böcklin pintó poco después una de sus obras cumbre, 'El bosque sagrado', otro ejemplo de paisaje inquietante: en ella se ve lo que parece ser un rito llevado a cabo por varias figuras de blanco: tres de ellas están arrodilladas ante un altar con fuego en medio de la naturaleza y otras muchas se aproximan en silencio surgidas de la profundidad del bosque. El escritor Thomas Mann tenía una litografía de este cuadro sobre su escritorio y lo utilizaba, según él, para "refrescar la mirada". Porque esa es otra de las señas de identidad de la obra del autor. Señala Antonio Belmonte: "Fue popularizada y difundida en su día en un momento de gran éxito de la litografía y un cambio de costumbres por el que podía ser un detalle de distinción, de decoración a la moda, tener una obra no original colgada de las paredes de casa. Los cuadros de Böcklin, especialmente los más coloristas, eran como lo que es hoy un Klimt o un Warhol (sobre todo el de Audrey Hepburn) un icono, una referencia de catálogo en decoración de interiores de la familia 'modernilla'". Así, en fotos de las casas de Lenin o Herman Hesse se descubrieron también litografías de 'La isla de los muertos'.
La vida de ultratumba del pintor preferido por Hitler
En 'Ulises y Calipso', el autor logra de la misma forma imantar la mirada del espectador en la figura oscura y pensativa de Ulises, una silueta que recogería Giorgio de Chirico para 'El enigma del oráculo'. "En líneas generales diría que Böcklin engancha porque sabe perfectamente que el cuadro lo mira un espectador y le obliga a adoptar un punto de vista, le lanza un guiño o le hace partícipe de una historia, un voyeur de una escena íntima secreta en un rincón del bosque o en un espacio sagrado. Tiene poder de evocación", explica el escritor.
Pese a lo que pudiera parecer, no carecía de gracia; tuvo un punto de ironía no exenta de polémica cuando diseñó seis máscaras para la fachada de la sala de exposiciones Kunsthalle de Basilea: "Provocaron un gran escándalo por su irreverencia religiosa y porque algunas autoridades locales parecían reconocerse en forma de grotesca caricatura. Lograron que las máscaras fueran retiradas de su ubicación y se conservaran en el museo de la ciudad", señala el libro. De Böcklin dijo Nietzsche: "Su conocimiento artístico ha conquistado el lado feo del mundo".
Los mitos, la historia y las leyendas fueron fuente de inspiración para él, de la misma manera que él lo fue para muchos otros, como Sigmund Freud, quien en 'La interpretación de los sueños' hizo una lista de sus experiencias oníricas; entre ellas estaba la visión de un hombre sobre una roca en medio del mar, un paisaje que él definió como "a la manera de Böcklin". Sergéi Rachmaninov compuso un poema sinfónico para 'La isla de los muertos' tras haber visto una reproducción de la obra en blanco y negro. Cuando más tarde la contempló en persona confesó que, de haberla visto antes, no le habría dedicado dicha música. Parecía decepcionado, aunque dos años después, impresionado por otra obra, 'El regreso', volvió a dedicarle otra composición, uno de los trece Preludios, opus 32, el número 10. 'La isla de los muertos' suena así:

Rubén Darío escribió ‘Poemas de arte Böcklin’; cinco composiciones para otras tantas obras del pintor. La primera está dedicada precisamente a ‘La isla de los muertos’: “¿En qué país de ensueño, en qué fúnebre país de ensueño está la isla sombría? Es en un lejano lugar en donde reina el silencio. El agua no tiene una sola voz en su cristal, ni el viento en sus leves soplos, ni los negros árboles mortuorios en sus hojas”, en referencia a los cipreses. Juan Ramón Jiménez también le dedicó poemas, e incluso cita expresamente al artista en uno de los capítulos de ‘Platero y yo’, en ‘El molino viejo’

Dalí volvería una y otra vez a esta obra ('La isla...') casi de forma obsesiva, recreando sus elementos esenciales para desarrollar una imaginería propia”, se detalla en el libro. "Los cipreses se convertirían en un elemento icónico de primera magnitud, atraído por su forma y posibilidades simbólicas y la isla rocosa de Böcklin se transfiguraría aquí en el perfil de un paisaje que conoce: el Cap de Creus", añade. Como muestra, 'La verdadera pintura de La Isla de los Muertos de Arnold Böcklin a la hora del Angelus' (Dalí, 1932)
El suizo H. R. Giger también quedó deslumbrado por su compatriota. El creador de los escenarios de 'Alien, el octavo pasajero' realizó su propia versión de 'La isla...' aunque sin la barca.

El gran cineasta F. W. Murnau 'copió' 'La isla de los muertos' en una escena de 'La luz que mata'  y en 'Nosferatu' , que hace un guiño a otra inquietante obra del autor, 'Villa junto al mar'. También homenajean a 'La isla…' dos directores como Jacques Tourneur en 'Yo anduve con un zombie' y Mark Robson en 'La isla de los muertos' . Puede verse en estos dos fotogramas.Siempre la muerte de por medio.
El pintor falleció de neumonía en 1901. Este es un vídeo que combina el Adaggietto de la 5ª sinfonía de Gustav Mahler con obras de Böcklin. Se da la circunstancia de que este movimiento fue utilizado para el final de la película 'Muerte en Venecia' dirigida por Visconti sobre un libro de Thomas Mann, precisamente uno de los mayores admiradores de este genio suizo.


                                          

Como homenaje final, aquí va la frase más famosa del pintor, una de las que pronunció imbuido por la tristeza después del enésimo intento fallido de emular a los pájaros: "¿Estamos seguros de que la Tierra no es un animal gigantesco y nosotros sus parásitos?".
 La chasse de Diane 1862

                                                                  Marie Madeleine pleurant le Christ mort, 1867.
                                                                          La muerte de Cleopatra, 1872.

                                                                                        Vestale, 1874.

                                                                                                                   Idille 1875

                                                                            Le jeu des vagues, 1883

                                                                                       La guerra, 1896.

La peste, 1898.

http://www.artepinturaygenios.com/2013/04/arnold-bocklin-vibrante-y-dulce.html
http://www.elcorreo.com/vizcaya/20130620/mas-actualidad/sociedad/vida-ultratumba-pintor-preferido-201306191851.html

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