domingo, 12 de febrero de 2017

EDWARD HOPPER Y NIGHTHAWKS


El estadounidense Edward Hopper pintó este cuadro en 1942, sacando una "fotografía" nocturna de un diner (el típico pequeño restaurante americano de clase media ) de su barrio natal en Manhattan. Por aquellos años Estados Unidos, que empezaba a recuperarse de los duros años 30, tras la Gran Depresión, había entrado en la Segunda Guerra Mundial después de sufrir el ataque japonés sobre Pearl Harbor. El ambiente general en el país era de pesadumbre.
Junto a una calle vacía, pasada la medianoche, un pequeño grupo de "halcones nocturnos" se reunen junto a la barra de este modesto restaurante. Sin duda es una hora extraña que no invita a que sucedan grandes cosas. De hecho ninguno de los personajes parece hablar, no se miran, ni siquiera se mueven, cada uno está concentrado en sus pensamientos, incluso el camarero, que aunque parece ocupado cogiendo algo de debajo de la barra, tiene la mirada perdida hacia la desolada calle.
La escena que nos presenta Hopper nos perturba e inquieta. Es una especie de ventana indiscreta abierta ante nuestros ojos. Para su localización el pintor estadounidense se inspiró en el Distrito histórico de Greenwich Village, bastión de la cultura artística y bohemia del lado oeste de Manhattan, y donde se inició el movimiento de liberación gay en 1969. Es de noche. La intensa iluminación del local se proyecta como un espectro sobre el acerado de la solitaria calle y la fachada del único edificio que nos muestra al otro lado, del que alcanzamos a ver una caja registradora tras el vacío escaparate de la tienda. El resplandor de las luces del interior del bar nos permite ver un anuncio de los puros norteamericanos  Phillies coronando la fachada.
Son los “halcones de la noche”: los solitarios de la gran ciudad donde, a primera vista, la soledad parece imposible, pero es real. Eso es lo aterrador, es la imagen de unos seres humanos que habitan un mundo en el que nada tienen que decir, nada que compartir. Son personas que salen al anochecer buscando compañía, un auxilio que no encuentran aunque estén acompañados. Fríos, como la luz que los inunda. Solos, como lo está la calle a la que tal vez no se atreven a salir. Es el espejo al que nos enfrenta Hopper, en el que nos obliga a mirarnos más allá de nuestra cómoda y segura apariencia, aquella que mostramos para esconder ante los ojos ajenos nuestra verdadera identidad y fragilidad.
Son personajes que sufren de manifiesta soledad, perdidos en la ciudad, en espacios que dan una impresión de tristeza total. Las luces brillan en el interior del bar pero no en ellos. Es la imagen de los habitantes de la gran metrópoli, ensimismados en sus propias pensamientos o simplemente vacíos, hastiados de una realidad que ha dejado de ser humana, que ha pulverizado todo sentimiento, simplemente porque no tienen cabida en esa selva de asfalto. No lo saben. Deambulan perdidos sin querer preguntarse el porqué sus pasos los conducen ante una copa y un cigarrillo, buscando la compañía de seres solitarios como ellos, que acodados sobre la barra de cualquier local, posan sus miradas ensimismadas ante cualquier objeto que les sirva de excusa para no enfrentar sus rostros y miserias cotidianas. El miedo los paraliza, les convierte en muñecos de cera o meros maniquíes expuestos en un escaparate de amplias cristaleras. Las luces del diner, que se proyectan sobre la calle solitaria, potencian aún más tan desoladora escena. Hopper crea una intemporalidad, un vaciado del tiempo, la escena se congela, todo es silencio alrededor. 
Hopper no cuenta la noche sino la sensación que puede producir la nochea determinadas personas y en determinados ambientes, esto último está más cerca de la realidad, lo primero es una copia. Aquí radica el precepto que acompaña la pintura de Hopper, que estaba interesado en las formas y materiales de las calles de la ciudad y edificios de piedra, ladrillo, asfalto, acero y cristal y el efecto de la luz que incide sobre ellos. La luz era la más potente y personal de los medios expresivos de Hopper. Él la utiliza como un elemento activo en sus pinturas, define las horas del día, establece un estado de ánimo y crear un drama pictórico mediante el contraste con las zonas de sombra y la oscuridad. 
Este cuadro nos muestra al americano medio, aquel que no es rico ni pobre, libre ni esclavo, con sus anhelos y pesadillas, hombres y mujeres que perfilaron una clase media en transición desde un capitalismo productivo al de consumo. Un hombre medio apático, sin atributos, anestesiado. Los personajes que pueblan los cuadros de Hopper son antihéroes, escasos de originalidad, seres atribulados y grises que perdieron la batalla de conquistar sus propios sueños en pos de una estrecha realidad de bajos vuelos,  criaturas que deambulan perdidos en laberintos infinitos sin conocer jamás el motivo de su tormento. Edward Hopper ambienta sus pinturas en hoteles anónimos, solitarios, donde hombres y mujeres de paso, se preguntan por el sentido de sus existencias, con la mirada opaca, el cuerpo abatido; transeúntes que recorren calles con luces de neón, oficinas, restaurantes de mala muerte, perdidos. Protagonistas del sueño americano, aquel de las promesas del éxito esquivo, cuyas esperanzas de ser alguien se deshoja entre la incertidumbre y la mediocridad en un recorrido tan interminable como estéril. Se trata de individuos que dependen de la opinión de aquellos que los dirigen, buscando su aprobación, ansiosos e inseguros. Son los que la televisión los distrae, al igual que la innovación tecnológica con su panoplia de artefactos desechables.
Hopper compone este cuadro con muy pocos elementos, pero con una gran profundidad psicológica. Apenas aparecen cuatro personas, pintadas en el lado derecho dentro del amplio restaurante, acentuando la sensación de soledad, se han dibujado muy pocos objetos (unos taburetes, unos servilleteros, unas tazas de café y unos depósitos metálicos), en la calle no hay nadie, ni farolas, ni papeleras, hasta los escaparates y las ventanas del edificio están vacíos. La escena está dominada por la luz artificial del restaurante, que ilumina incluso la calle a través de la gran cristalera curva. Los colores que se utilizan son escasos y sin gran tonalidad, aunque muy saturados, lo que acentúa las extrañas sensaciones del cuadro.
El cuadro invita al observador a que ejerza de Gran Hermano, espíe las vidas ajenas y libere su imaginación. Si algo está claro es que el portagonista de la obra no es la acción, ya que no está pasando absolutamente nada, sino la soledad de los seres humanos, ese momento en el que no existe nadie más que uno mismo y sus pensamientos. 


El personaje que pasa más desapercibido es el que aparece de espaldas, con su traje y sombrero, es al único al que no podemos ver la cara. Además es el que está justo en el centro de toda la composición, creando una interesante contradicción, ya que a pesar de ser la figura central, la iluminación y el color de su ropa, similar al del fondo, provoca que apenas nos fijemos en él.


Esta pareja parace, a simple vista, acaparar la mayor atención. Su proximidad y la colocación de sus manos, tan juntas, nos hace pensar que son pareja o al menos que hayan venido juntos. Sin embargo no se prestan atención el uno al otro, a pesar de su cercanía también se encuentran solos.


Otro de los trucos que permiten transmitir esa sensación de soledad está en las ventanas y escaparates de la calle. En ninguna de ellos aparecen figuras, exceptuando esta caja registradora, que aparece totalmente aislada y en la sombra, en medio de una tienda aparentemente vacía, acentuando la sensación de inquietud.

http://www.edwardhopper.net/images/paintings/nighthawks.jpg
https://pbs.twimg.com/media/CnskymJUkAAxs90.jpg
http://lamemoriadelarte.blogspot.com.es/2012/05/nighthawks-contexto-historia-estilo.html
https://biblioalange.wordpress.com/2012/09/17/edward-hopper-nighthawks-hoy-leemos-un-cuadro/
https://i2.wp.com/www.somoslenguaje.es/wp-content/uploads/2016/04/Edward-Hopper-Halcones-de-la-noche-3.jpg

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