jueves, 2 de marzo de 2017

CUANDO LA LOCURA VA A LOS MUSEOS


Lo vi hace años, en un reportaje en la televisión. Trataba el tema de la esquizofrenia, y mostraba a pacientes en instituciones mentales cuyas actitudes iban (dependiendo de la gravedad de su estado) de un ensimismamiento autista repleto de movimientos extraños a la capacidad de mantener una conversación bastante normal. Los esquizofrénicos que aparecían en pantalla no eran algo que yo hubiese visto en la vida real, y causaban una mezcla de curiosidad y cierto miedo. De todos modos, todo aquello no era algo que un televidente impúber pudiese entender muy bien.
Pero entonces comenzaron a mostrar algo que, creo, cualquier niño puede captar rápidamente: dibujos. Eran las pinturas de algunos de aquellos pacientes; no recuerdo ya prácticamente ninguna, pero hubo una que por alguna razón se me quedó grabada: la figura de un hombre con traje y corbata, perfectamente normal, pero cuya cabeza era una bombilla eléctrica. Después mostraron otros dibujos del mismo paciente: siempre aparecían aquellos hombres con traje, corbata y cabeza de bombilla. El arte pictórico de aquellas mentes enfermas podía contener una extraña fuerza; más tarde, al hacerme mayor, descubrí que (lógicamente) no había sido el primero en notarlo y que incluso se habían fundado corrientes artísticas enteras bajo la influencia del arte esquizofrénico.
                                             Retrato de Edward James, por René Magritte
Las teorías psicológicas de Sigmund Freud lo cambiaron todo. Incluso el arte. La locura había sido durante siglos una condición maldita: incluso cuando no era considerada una posesión diabólica (postura desgraciadamente muy común) provocaba incomprensión y rechazo. La gente podía asustarse incluso de sus propios sueños, cuando estos eran demasiado extraños, porque no entendían los mecanismos mentales que había detrás. El loco, en la literatura o el arte, era siempre una figura trágica; el bufón de Dios, cuyas ideas aberrantes eran objeto de burla, de ocultamiento o de piedad, pero nunca de imitación. A nadie se le hubiese ocurrido que las ideas nacidas en la locura podrían servir de inspiración (al menos directa) para el arte.
Freud mostró al mundo que las ideas aberrantes no eran necesariamente producto de una maldición: explicó los sueños, por ejemplo, y lo de menos es que su explicación fuese certera o no. Lo importante era la idea de que el consciente no es el único dueño de la mente, y que existe un subconsciente irracional dentro de todos nosotros. Algo que produce los sueños y, en aquellas personas cuyas barreras entre realidad y fantasía se rompen, también las alucinaciones y delirios. Una explicación científica que permitía aceptar la locura.
Los literatos y especialmente los pintores fueron quienes con mayor fervor recibieron este nuevo concepto de la locura. Ahora que los desvaríos del subconsciente (aberrantes para la razón) ya no eran obra de Satán o de una condenación contagiosa, sino el mero resultado de procesos explicables de la mente, podían ser observados sin miedo, aceptados e incluso imitados. Los artistas empezaron a sentirse atraídos por la originalidad, la variedad y el sorprendente abanico de símbolos y temáticas que residen en el subconsciente. El auge de corrientes artísticas como el expresionismo invitó a muchos de esos artistas a explorar la cara oculta del alma en busca de inspiración. Los sueños eran la fuente más inmediata y natural; otros recurrían a las drogas alucinógenas o la absenta para provocarse esos delirios que desembocasen en imágenes inspiradoras. Otros no tardaron en descubrir que los pacientes mentales dotados de habilidades artísticas producían por sí mismos imágenes tan originales e impactantes como las que estaban buscándose en el mundo onírico del sueño o como resultado del consumo de estupefacientes. Los locos habían sido, desde tiempos inmemoriales, los pioneros del surrealismo. Sólo que nadie les había prestado atención hasta entonces.
Los esquizofrénicos fueron el principal objeto de culto por parte de los artistas que buscaban llevar los productos del subconsciente a sus lienzos. Los pintores empezaron a visitar las instituciones psiquiátricas en busca de inspiración. Evidentemente no todos los pacientes mentales son capaces de dibujar o pintar; como entre las demás personas los hay que tienen talento, y los hay (una mayoría) que no. Pero incluso quienes no eran especialmente hábiles dibujaban temas sorprendentes y figuras de retorcida originalidad que eran muy cotizadas por los artistas. Si la imaginación es la capacidad para generar imágenes en nuestra mente, qué duda cabe que los esquizofrénicos tienen una imaginación florida: el único problema es que no la pueden controlar
                                     La Comedia y la Tragedia, por Giorgio de Chirico
Dibujar o pintar es una actividad relajante, que servía a muchos esquizofrénicos para centrarse y al mismo tiempo expresar sus obsesiones y fantasmas. Cuando no tenían síntomas, podían realizar pinturas con temas perfectamente normales. Pero cuando dejaban traslucir sus trastornos, sus mentes quebradizas producían todo tipo de imágenes de cruda espontaneidad, que según la gravedad de sus síntomas variaba desde escenas que combinaban el naturalismo de la realidad con ciertos elementos aberrantes surgidos de la fantasía, hasta incomprensibles galimatías geométricos destinados a mitigar su ansiedad.
De lo primero (pinturas más o menos realistas donde se cuelan elementos irracionales) se nutrieron abiertamente un buen número de pintores surrealistas. René Magritte, por ejemplo, solía abundar en conceptos como la disociación (figuras cuyo rostro se separaba del cuerpo; edificios a oscuras con luces nocturnas frente a un cielo diurno), la confusión (barcos hechos del mismo océano sobre el que navegan, manzanas en lugar de cabezas) o el cambio de propiedades de la realidad (rocas flotantes, hombres caminando sobre el aire, espejos con refracciones anómalas). Estos curiosos simbolismos pictóricos eran muy similares a los que se presentan en la obra de ciertos esquizofrénicos; aunque algunas drogas y en menor medida los sueños pueden producirlos también, no aparecen con la misma abundancia ni son tan concretos como los que causan los procesos de enfermedad mental. Hoy en día hemos contemplado casi un siglo de arte surrealista y puede parecernos que no son ideas especialmente originales, pero en su momento suponían una auténtica ruptura porque provenían de uno de los pocos ámbitos que el arte no se había atrevido a explorar: la locura. Otros grandes surrealistas como Max Ernst, Giorgio de Chirico o Salvador Dalí solían ofrecer, sin embargo, una versión más elaborada del surrealismo, generalmente más cercana al mundo onírico que a la pseudorrealidad quebrada de la esquizofrenia, pero incluso ellos se sentían atraídos e influidos por las derivaciones pictóricas de la enfermedad mental. Chirico, particularmente, introducía elementos esquizoides (como la sustitución de partes corporales por objetos o huecos) en algunos de sus cuadros, como La comedia y la tragedia o Las musas.
Pero si hubo alguien que convirtió esa atracción en toda una corriente pictórica nuevo fue Jean Dubuffet.
                                                                                             Adolf Wölfli
Con el antecedente del fauvismo de Henri Matisse (un uso crudo, infantil, de los colores) y el apogeo del expresionismo y el surrealismo, ambos atraídos por los productos del subconsciente, era cuestión de tiempo que alguien proclamara su interés por una pintura completamente alejada de la academia, producida por seres artísticamente inocentes no contaminados por las influencias del mundillo pictórico.
Esto es, artistas a quienes no se reconoce como artistas porque producen su obra fuera de los márgenes de la cultura oficial (niños, pacientes mentales, o personas anónimas de todo tipo) ya no eran simplemente una influencia para los surrealistas y demás, sino autores perfectamente respetables con obras dignas de ser estudiadas por sí mismas.  El impulsor de ese nuevo interés fue Jean Dubuffet, quien no se limitó a recoger la influencia de esos artistas no reconocidos; quiso reconocerlos directamente, sacarlos a la luz.
                                                                                   Paul Gosch
El mundo empezó a descubrir que los pacientes mentales producían toda clase de dibujos y cuadros tan fascinantes como los de ciertos grandes artistas que se inspiraban en ellos. Desde las figuras surrealistas producto de visiones y delirios que había imitado Magritte hasta intrincadas obsesiones geométricas y extraños juegos de perspectiva que solían ser producto de fases avanzadas de la esquizofrenia. Algunos de aquellos individuos alcanzaron cierto renombre entre los círculos pictóricos y aún hoy se les cita en libros de arte, pese a que no pertenecen a ninguna corriente concreta (Art Brut es más una etiqueta colectiva que descriptiva). Aunque a menudo las obras de estos pacientes mentales tienen algunas características comunes (como la fijación por al barroquismo geométrico, los rostros y los ojos) son lo bastante diferentes entre sí como para poder englobarlas en un estilo determinado. Se fue descubriendo las interesantes obras de gente como el alemán Paul Gösch, un esquizofrénico que pintaba composiciones coloristas y muy complejas, en donde aprovechaba rincones de la pintura para incluir escenas en miniatura casi a modo de viñetas (algo que algunos esquizofrénicos, especialmente los más hábiles artísticamente, hacen a veces). Su cromatismo infantil y las superposiciones de figuras con entrelazados y transparencias eran, si no pictóricamente sólidas, al menos sí muy interesantes; por desgracia, Gösch murió en un campo de exterminio durante una de las “limpiezas” eugenésicas del régimen nazi.
                                                                                               Madge Gill
El que los artistas del Art Brut fuesen “artísticamente inocentes” no significaba que fuesen inocentes también en otros aspectos. De hecho, algunos de estos pintores y dibujantes despertaron fascinación por su obra pero eran individuos más bien poco recomendables. Adolf Wölfli fue un psicótico de turbulenta vida y personalidad agresiva cuyos dibujos a lápiz mostrando las habituales obsesiones esquizoides por los ojos, las caras y un abigarrado barroquismo geométrico traspasaron los muros de la clínica donde estaba recluido y llegaron a los círculos artísticos, causando bastante impresión entre los pintores del momento. Había tenido una infancia traumática, en la que fue objeto de abusos sexuales y posteriormente entregado a un orfanato. En su edad adulta fue acusado varias veces de abusar sexualmente de niños y terminó recluido en un sanatorio mental, cuyas celdas de aislamiento visitaba a menudo a causa de sus arrebatos violentos. Pese a su terrible personalidad, Adolf Wölfli era y aún es considerado un artista influyente, y puede considerársele una de las figuras claves del Art Brut. Sus dibujos, hechos generalmente con lápices de colores, tienen un estilo muy característico y han servido de inspiración a no pocos artistas contemporáneos y posteriores. Sus composiciones geométricas típicamente esquizoides, que en ocasiones incluso recuerdan a ciertas artes tribales, están entre lo más pictóricamente interesante del “arte marginal”.
También interesante es la obra de Madge Gill, una inglesa que creía estar en contacto con los espíritus del Más Allá y cuyos dibujos en blanco y negro son una expresión de esos supuestos contactos. Sus apretujadas celosías de líneas, tras el aspecto inicial de garabatos, muestran un apreciable gusto para la composición y un admirable sentido del equilibrio. Pese a llevar una vida relativamente normal (incluso formó una familia) aseguraba estar guiada por un espíritu —llegaba a firmar sus obras con el nombre de ese espíritu— y pese al interés de terceros en promocionar su trabajo y dar a conocer su talento, siempre fue reticente a exponer y se negaba en redondo a vender sus obras, la mayor parte de las cuales no fueron de acceso público hasta que Madge murió. Otro gran descubrimiento fue el del mexicano Martín Ramírez, un paciente esquizofrénico cuyos dibujos (sencillos pero extrañamente inquietantes) mostraban una constante obsesión por puertas, vanos, arcos y espacios vacíos que traslucían la profunda inseguridad e incertidumbre de su estado mental. Sus juegos de perspectivas con túneles, columnas y raíles fueron muy apreciados en los círculos artísticos y siguen causando gran impresión hoy; es uno de los artistas esquizofrénicos más originales y característicos (si es que no lo son todos en cierto modo, evidentemente).
Martín Ramírez
Dos dibujos de Martín Ramírez
No menos impresionante es la obra póstumamente descubierta de Felipe Jesús Consalvos, un cigarrero cubano cuya familia se trasladó a los Estados Unidos, donde de manera anónima realizó la mayor parte de su trabajo. Durante su vida, totalmente al margen de los círculos artísticos, Consalvos produjo extraordinarios collages utilizando fotografías, etiquetas de tabaco y fajas de puros, generalmente en formato de cuadro, aunque también las usó para forrar algunos objetos tales como instrumentos musicales. Como ocurre a menudo en estos casos, sus impresionantes collages fueron descubiertos por el público tras su muerte. Su obra es tan impactante y demuestra un talento tal, que se le considera uno de los “artistas marginales” más grandes y reconocibles del mundo. Se sabe bien poco sobre su figura, aunque el estilo abigarrado de sus collages, su expresividad tan directa y la fijación con determinados temas parecen indicar que Consalvos pudo sufrir algún tipo de trastorno mental, o como mínimo una angustia intensa que necesitaba mitigar centrándose en tan milimétricos y complejos trabajos.
                                                                     Collage de Felipe Jesús Consalvos
El canadiense William Kurelek llamó mucho la atención por sus cuadros que basculan entre diversos estilos; aunque una de las obras en las que más claramente se trasluce su esquizofrenia es El laberinto, un enorme mural representando un cráneo tirado en el suelo, en cuyo interior (un poco al modo de Paul Gösch) pueden verse diversas escenas de tristeza o acontecimientos traumáticos. Quizá sea su cuadro más célebre por lo impactante del contenido (y por su tamaño), pero casi toda la obra pictórica de Kurelek merece mucho la pena. Willem Van Genk era un holandés diagnosticado de esquizofrenia y autismo, cuyas composiciones sobre ciudades, estaciones abarrotadas de gente, dirigibles, aviones, barcos o puentes recuerdan por su colorismo y complejidad a los collages de Consalvos, aunque también tiene algunos dibujos de tono más naturalista. Como el artista cubano, Van Genk también tenía pasión por decorar profusamente objetos, entre ellos algunos tan curiosos como  una colección de impermeables.
El “art brut” o arte marginal, evidentemente, terminó sobrepasando los límites de la pintura. Tiene incluso su vertiente literaria: por ejemplo, Richard Sharpe Shaver fue un artista norteamericano cuyos delirios resultaban tan fascinantes que el editor de la revista de ciencia ficción Amazing Stories los publicaba en forma de relatos, dando a Shaver a conocer a los lectores habituales de la publicación. Shaver sufría toda clase de paranoias muy elaboradas: había comenzado un buen día a escuchar los pensamientos de quienes le rodeaban, lo cual fue sólo el comienzo de una serie de revelaciones fabulosas. dijo haber descubierto el primer idioma de la Tierra, el “mantong”, que le permitía hallar significados ocultos tras los sonidos y las palabras. Había averiguado que en profundas cuevas habitaba una antiquísima raza, la mayoría de cuyos integrantes había salido al espacio para huir de la radiación solar, pero de los que aún quedaban algunos en el planeta Tierra, embrutecidos por los siglos de encierro, aunque poseían naves espaciales y estaban en estrecho contacto con civilizaciones alienígenas muy avanzadas. Según Shaver, determinadas piedras (“libros de roca”) contenían mensajes de aquella antigua raza. Las historias e ilustraciones de Shaver, aunque estuvieron siempre rodeadas de polémica —hubo quien acusó a la revista de haberse inventado un personaje ficticio como reclamo publicitario—alcanzaron bastante repercusión y fue una curiosa figura que anticipó la fiebre OVNI desatada en 1947.


Una de las escalofriantes ilustraciones de Henry Darger
Bastante más perturbadoras son las ilustraciones de Henry Darger, quien como en otros casos similares vivió su infancia entre orfanatos e instituciones mentales, pero después llevó una vida aparentemente anodina, obsesionado con la religión (iba a misa varias veces al día) y aquejado por un síndrome de Diógenes que le hacía recoger toda clase de basura inservible de las calles. Su monumental obra se descubrió sólo después de su muerte, cuando se encontró en su habitación un alucinógeno manuscrito de 15.000 páginas con el largo y enrevesado título La Historia de las Chicas Vivian, en los llamados Reinos de lo Irreal, sobre la Guerra-Tormenta Glandeco-Angeliniana causada por la Rebelión de los Niños Esclavos. Aunque casi nadie se ha leído entera la enorme novela (que al parecer no es más que una insensata sucesión de sobrecargadas mitologías, aunque no sin interés por lo extravagante del universo que crean) se sabe que La Historia de las Chicas Vivian representa uno de los lados más oscuros del “arte marginal”. El libro narra unas guerras en un mundo fantástico donde los niños tienen un gran protagonismo, y describe numerosas veces las horribles torturas y muertes a que son sometidos. Aunque no se conoce que Darger cometiese actos violentos contra niños (se sospecha a veces de que pudo asesinar a una niña, aunque no hay pruebas para afirmarlo y podría tratarse de una simple habladuría causada por su fijación por las noticias de crímenes con víctimas infantiles) las numerosas ilustraciones con que acompañó su manuscrito ponen, en ocasiones, los vellos de punta. No sólo por las frecuentes escenas de desnudez sólo aparentemente inocente (no dibujaba escenas sexuales pero parece evidente una fascinación fuera de lo normal por los cuerpos de niños y niñas de corta edad) sino por las sangrientas representaciones de violencia y torturas de todo tipo. Además, uno de los rasgos más extraños es que suele dibujar a las niñas con órganos sexuales masculinos: se dice que podría deberse a que Darger desconocía la naturaleza de los genitales femeninos, porque nunca habría tenido relaciones con mujeres temiendo que alguna de ellas fuese su hermana, a la que se había dado en adopción y cuyo físico él no conocía. Tampoco habría consumido pornografía debido a sus fijaciones cristianas. En todo caso, Darger es verdaderamente un artista marginal: no sólo fue conocido de modo póstumo, sino que el conjunto de su obra pictórica es demasiado extraña en el fondo (y no lo bastante en la forma) como para causar imitación más allá de la mera contemplación o del merio estudio psicológico. Sus dibujos son buenos, pero salvo por sus temas, menos impactantes que los de otros artistas marginales.

Ferdinand Cheval posando frente a su Palacio Ideal. A la derecha, el mausoleo que construyó para sí mismo y donde está enterrado.
Uno de los casos sin duda más sorprendentes es el de Ferdinand Cheval, un cartero rural francés que un buen día encontró una piedra y, repentinamente inspirado por no se sabe muy bien qué, vio en ella la forma básica de una construcción. Diariamente, en su trayecto para repartir el correo, recogía piedras que después iba añadiendo a esa construcción. Fue haciéndolo día tras día, ignorado por sus paisanos, que le consideraban poco menos que el tonto del pueblo. Cheval siguió con su obra durante muchos años y a principios del siglo XX su “Palacio Ideal” fue descubierto con absoluto pasmo por artistas de la talla de Pablo Picasso. El barroquismo de su espontánea arquitectura, que recuerda tanto al estilo Gaudí como a ciertos templos orientales, despierta asombro incluso hoy en día: además de su célebre palacio, es buena muestra de su talento el mausoleo que, durante siete años, construyó para sí mismo en el cementerio.
                                              Louis Wain, antes de sufrir enfermedad mental, junto a uno de sus gatos.
La mayoría de los pintores esquizofrénicos fueron descubiertos cuando ya se había diagnosticado su enfermedad y su obra conocida ya estaba marcada por la misma. Pero lo ideal para observar la influencia de los estadios más graves de la esquizofrenia sobre el arte sería el que hubiese un individuo que hubiese empezado a pintar mucho antes de declararse el trastorno mental. Y tal personaje existe: Louis Wain. No puede considerársele propiamente un representante del “art brut”, ya que tenía una formación académica y fue un artista normal, metido en los círculos comerciales durante bastante tiempo  antes de caer mentalmente enfermo. Gran amante de los gatos, durante años dibujó simpáticas ilustraciones que tenían muy buena aceptación entre el público victoriano y que aparecían en periódicos, revistas, libros infantiles, tarjetas, etc. Era un ilustrador exitoso con un estilo convencional, amable y en absoluto experimental.
Pero a principios del siglo XX se le diagnosticó una esquizofrenia progresiva que empezó a minar su estado mental. Hasta entonces había sido un perfecto caballero, tranquilo y bien educado, si bien detrás de su encanto personal la gente siempre le había considerado un tanto peculiar. Pero la enfermedad le hizo cambiar radicalmente, volviéndole paranoico y de conducta imprevisible, hasta que su familia no tuvo más remedio que ingresarle en un sanatorio.
Allí, los dibujos de Wain empezaron a mostrar la progresión de su enfermedad. Sus gatos, antaño retratados como figuras plácidas y simpáticas, aparecían ahora con una expresión de alarma, pintados con colores más chillones y con algunas figuras geométricas en el fondo, en vez de los paisajes habituales en su obra anterior. La ansiedad de Wain, evidentemente, se estaba plasmando en su obra. Conforme su estado empeoró, los gatos pasaban de aquella expresión de alarma provocada por alguna amenaza externa a tener ellos mismos una expresión amenazante hacia el pintor. Después, conforme el artista perdía el contacto con la realidad, las obsesiones geométricas se apoderaban de su obra y los rostros de los gatos se fueron descomponiendo en intrincadísimas celosías fractales en las que finalmente resultaba imposible reconocer a un gato, pese a que, a ojos de Wain , el gato seguía estando allí.
Louis Wain: arriba, dos ilustraciones de su etapa mentalmente sana. Abajo, evolución de sus retratos de gatos durante las                                                      etapas progresivamente más graves de su esquizofrenia.
La evolución de la obra de Wain es reveladora. Siempre he sido poco partidario de atribuir los méritos artísticos de una persona a un trastorno mental. Wain tenía talento por sí mismo, como cualquier otro artista esquizofrénico lo tendría de no haber caído enfermo. Pero aparte de mostrar la tendencia de los psicóticos a sentirse fascinados por patrones geométricos complejos, el estilo de Wain, una vez liberado de las convenciones normales, terminó siendo extrañamente revolucionario. Se adelantó en décadas al arte fractal e incluso al arte psicodélico, y desarrolló todo un estilo abstracto paralelo al que estaba evolucionando en el mundo exterior, más allá del manicomio en donde estaba internado. La creciente pulsión que le llevaba  a calmarse mediante la confección de laberínticas composiciones era sólo una parte de la forma en que su pintura mostraba la degeneración de su relación con la realidad. En su etapa sana retrataba una realidad amable, idealizada: la que pedían sus compradores. Con el comienzo de la enfermedad, la realidad empezaba a mostrarse angustiosa y amenazante; más tarde era mostrada como una realidad extraña aunque aún con rasgos reconocibles, y finalmente como algo totalmente incomprensible. Evidentemente, si Wain no hubiese sido previamente un artista, sus delirantes dibujos tardíos no hubiesen tenido más interés que el puramente psiquiátrico, pero en su caso tienen, además, el aliciente de mostrar cómo un artista daba un salto evolutivo incluso a pesar de sí mismo. Su talento no desapareción con la enfermedad, sólo que ya no pudo elegir qué pintaba: la esquizofrenia le dictaba lo que tenía que hacer.
Hay muchos otros ejemplos de artistas mentalmente enfermos cuyo trabajo es digno de mención, pero quedan para otro artículo. Mientras, nos quedamos con la definición que Jean Dubuffet hizo del “arte en bruto”, resumen de lo que algunos amantes del arte buscamos en la obra de algunas personas que, precisamente al no estar condicionadas por el arte establecido, ofrecen algo verdaderamente nuevo y sorprendente:
"Se intenta  mostrar la obra producida por aquellos que no han sido tocados por la cultura artística, en la cual la imitación apenas tiene un papel en la forma en que el artista dibuja (tema, selección de materiales, proceso creativo, formas de expresar una idea, ritmos, etc.) desde sus propias profundidades y, al contrario que los intelectuales, no desde las convenciones del arte clásico o del arte que está de moda".

http://kurelek.ca/wp-content/uploads/tramlines_lg.jpg
http://www.jotdown.es/2011/10/arte-esquizofrenico-cuando-la-locura-va-a-los-museos

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