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viernes, 27 de diciembre de 2019

FRANCISCO DE ZURBARAN....EL PINTOR DE LOS MONJES


Sevilla se va a constituir a lo largo del XVII en principal foco pictórico de la época, alumbrando durante el primer tercio del siglo a tres de las figuras más importantes del Barroco español, junto con Velázquez: Zurbarán, Alonso Cano y Murillo.
De todos ellos, será el extremeño Francisco de Zurbarán el primero en iniciar esta nueva andadura, siendo recordado a día de hoy principalmente como el "pintor de los monjes".

Zurbarán se hace grande en el retrato y en la sencilla representación de la realidad, encontrándose sin embargo en apuros cuando tenga que lidiar con perspectivas y composiciones, que procurará siempre que sean simples. Así, es posible observar en sus pinturas seriadas toda una galería individualizada de rostros y expresiones, pertenecientes a, en ocasiones, figuras monolíticas de perfiles casi geométricos que se recortan contra fondos poco elaborados pero que destacan por la luz que las envuelve, realzando ese característico blanco empleado por este artífice en los hábitos. 



Francisco de Zurbarán nace en el año de 1598 en el pueblo pacense de Fuente de Cantos, hijo de un mercero que le enviará antes de cumplir veinte años a Sevilla, a estudiar con el pintor Pedro Díaz de Villanueva. Una vez completado su aprendizaje, que no durará mucho, Zurbarán regresará a su Extremadura natal, a la localidad de Llerena, donde contraerá matrimonio por dos veces y se establecerá, hasta la fecha de 1626 en que es reclamado a Sevilla para llevar a cabo la ejecución de un importante encargo.
La orden de los Dominicos deseaba una serie de cuadros acerca de la vida monástica para su convento de San Pablo, convirtiéndose la buena realización de los mismos en el detonante para la consecución de otro encargo más, proveniente en este caso del convento de la Merced en 1628, transmitiendo el Ayuntamiento de Sevilla al pintor, un año más tarde, su deseo de que se instalara de forma definitiva en la ciudad, siendo aceptada la propuesta por éste.
Lo cierto es que Zurbarán gozó de fama en su época, algo que propició que nunca le faltaran los encargos, en mayor o menor medida, los cuales se sucedieron a lo largo de los años en forma de peticiones de grandes series pictóricas por parte de diversas órdenes religiosas (Jerónimos, Cartujos…), aunque también llegará a enfrentarse al tema mitológico durante la breve estancia que pase en Madrid participando en la decoración del Palacio del Buen Retiro, no saliendo demasiado airoso de esta prueba, y al género del bodegón, del que se revelará maestro.
Hacia la mitad de su vida la desgracia le alcanzó en la forma de la defunción de su segunda esposa (tras lo que se volvió a casar), una disminución de trabajo y el sufrimiento de la peste de 1649, que se llevará a uno de sus hijos, Juan el pintor.
Además, con el paso de los años Francisco habrá de ser testigo de cómo el nuevo estilo de un cada vez más apreciado Murillo se va imponiendo poco a poco, en detrimento de su propia elección. Finalmente decidirá partir de nuevo a Madrid a la vera de su amigo Velázquez, instalándose de forma definitiva hasta su muerte en esta ciudad, casi una década después y rodeado de estrecheces económicas, en el año de 1664. 

 Principales obras de Zurbarán
 
Zurbarán, como ya se ha señalado, va a representar con una gran claridad la religiosidad que impregnará la vida española del s.XVII (es ésta la época de la Contrarreforma y las órdenes religiosas habrán de salir beneficiadas de dicha circunstancia, adquiriendo un mayor relieve), componiéndose la mayor parte de su obra de series dedicadas a mostrar la vida monástica:



                                        San Hugo en el refectorio 



                              La misa de fray Pedro de Cabañuelas 



                       El adiós de fray Juan de Carrión a sus hermanos 

 La Cartuja de Jerez, San Pablo el Real, el Monasterio de los Jerónimos de Guadalupe o la Merced de Sevilla fueron algunos de los sitios para los que llevó a cabo sus principales series.
Su obra adeuda los contrastes tenebristas de Ribera, protagonizados por una tendencia naturalista típica de la época, algo que se aprecia excepcionalmente bien en sus sencillas y táctiles naturalezas muertas (en la actualidad Zurbarán ha sido redescubierto como bodegonista). Sin embargo, lo más característico de este pintor son sus representaciones de religiosos y santas, a las que viste a la manera de la época, desplegando todas sus cualidades como retratista y ejerciendo un dominio absoluto en rostros y telas (a pesar de la aparente sencillez de su pintura, Zurbarán disfruta con la suntuosidad de las telas).


Uno de sus mejores cuadros, La visión de San Pedro Nolasco (1628), procedente del sevillano Convento de la Merced, ejemplifica a la perfección el lenguaje de este pintor, de una sencillez a la búsqueda de la realidad concreta de las cosas. Formas dibujadas, distintos tonos de blanco, contrastes entre sombras y luces, cabezas expresivas…en un marco muy sencillo que acoge la representación de un milagro protagonizado por el fundador de la orden.



A esta misma serie pertenece también uno de sus cuadros más perturbadores, la Aparición de San Pedro Apóstol a San Pedro Nolasco, donde el el apóstol aparece representado en una violenta posición en escorzo, boca abajo y envuelto por un halo de luz anaranjada.
Destacable asimismo es su representación de Santa Catalina (1640), una de las obras más hermosas de este artista, en la que efectúa un espléndido ejercicio de maestría en la ejecución de los paños, las pinturas de vírgenes niñas, caso de La Virgen niña durmiendo (1635), su temprano Cristo en la Cruz, que tanta fama le dará, o el San Serapio ejecutado para la Merced.


Ángel turiferario

Forma parte de las tablas realizadas por Zurbarán para la Cartuja de Jerez, una de las mejores series del artista.


Beato John de Houghton


Forma parte de las tablas realizadas por Zurbarán para la Cartuja de Jerez, una de las mejores series del artista.


Agnus Dei

Destacan la sencillez de la composición, la sensación de quietud que transmite y el asombroso naturalismo de la imagen. Pertenece a la etapa de madurez artística de Zurbarán.


La Virgen de las Cuevas

A lo largo de su trayectoria como pintor, Francisco de Zurbarán realizó en su taller grandes encargos para diversas órdenes monacales. Esta obra es un ejemplo.


Santa Faz o Paño de la Verónica

Francisco de Zurbarán, que encarna la visión más pura de la mística hispana, pintó numerosas versiones de este tema y en esta consiguió un tratamiento y una disposición magistrales.

domingo, 11 de diciembre de 2016

EDGAR DEGAS... EL PINTOR DE LAS BAILARINAS


La serie de las Bailarinas o de las Clases de Danza de Edgar Degas es conocida en cualquier parte del mundo, lo que no es tan conocida es la trágica historia que envuelve esos maravillosos trazos de óleo y pastel.
Hilaire-Germain-Edgar de Gas, conocido como Edgar Degas nació en Paris en 1834. Fue pintor, escultor y fotógrafo, ramas artísticas que combinaba y con las que conseguía retroalimentarse para hacer creaciones impresionistas. Poco amigo del dinero y del lucro personal nunca fue una persona de muchas amistades, situación que se agravó con el paso del tiempo.
El conocidísimo pintor francés tuvo muchos contratiempos, entre ellos destacó la ceguera, que se acrecentó pasado su 50 cumpleaños.  En su origen, Degas pintaba casi en exclusiva al óleo, pero las dificultades de la vista le obligaron a cambiar esta técnica por una más seca, pasando así a las pinturas pastel. Con este tipo de material, Degas podía hacer trazos más finos mientras acercaba su cara lo máximo posible al soporte en el que estuviera trabajando.
Esta enfermedad sumada a la falta de habilidades sociales, le convirtió en una persona aislada. Cada vez se encerraba más en su estudio, pasando semanas enteras sin salir, ni mantener comunicación con nadie.Alardeaba de su falta de seres cercanos, e insistía que los buenos artistas no deben tener amigos ni relación con sus familiares, porque “la única aliada del artista es la soledad”.
Degas no vendía sus obras al no tener contacto con nadie y no gustarle el hecho de “mercadear” con el arte, por lo que no recibía dinero alguno. Las deudas fueron apoderándose de su vida, tuvo que ser juzgado y  finalmente desahuciado de su casa. Sus últimos años de vida los pasó solo, ciego  y sin rumbo alguno por las calles de París. En 1917 murió sin más descendiente que las maravillosas obras que cuelgan de las paredes de gran cantidad de museos y galerías.
Examen de danza
Quizá sea ésta una de las escenas de danza más famosas de Degas. Nos encontramos en el examen que somete el profesor Jules Perrot a las bailarinas para ingresar en la Opera de París. Resultaba difícil entrar en este tipo de actos pero el artista frecuentaba tan asiduamente el lugar que casi era un miembro más de la institución. Las jóvenes iban acompañadas por sus madres - las apreciamos en las gradas que aparecen al fondo - expectantes ante la actuación de sus hijas. En primer plano se sitúan unas bailarinas en actitudes variadas, ocupando el centro de la composición la joven que actúa en ese momento. Tras ella y en la pared encontramos el espejo donde se ve reflejada la ventana por la que penetra la luz, recurso muy del gusto de Edgar. Es una luz fuerte que incide en los blancos tules de los vestidos, iluminando la amplia estancia por completo. La perspectiva en profundidad se ve acentuada por la visión de la esquina de la estancia, mostrándonos incluso la moldura decorativa que separa la pared del techo. La influencia de la fotografía es también destacable al cortar los planos pictóricos, novedad típica del Impresionismo. Las tonalidades blancas de los trajes vaporosos dominan la escena, salpicada por rojos, verdes y azules. El conjunto resulta insuperable, conjugándose la pincelada suelta con un exquisito dibujo, resultando el estilo con el que Degas cosechará numerosos éxitos.

CLASE DE DANZA
Nadie como Degas supo recoger el ambiente de las clases de danza y las actuaciones de los ballets, que se convertirán en los temas favoritos, y casi exclusivos, de su pincel. No era fácil pintar sobre los ensayos, ya que estaba prohibido el acceso a estas salas. Degas conocía bien el teatro de la Ópera debido a sus frecuentes visitas y empleó la Sala Verde como marco de esta escena, considerada como la primera que hizo con esta temática. Parece probable que contratara a algunas bailarinas para que posaran en el estudio, puesto que con seguridad él no pudo contemplar estos ensayos previos. En una amplia habitación observamos a una bailarina en el centro, esperando la orden para interpretar su actuación individual. Quizá se trate de Joséphine Gaujelin. Su figura se refleja en el espejo que hay detrás, recurso que en su momento fue un gran atrevimiento pictórico, al confundirse la ilusión con la realidad. Al fondo, otras bailarinas hacen sus ejercicios de estiramiento, apoyándose en la tradicional barra de ballet. Entre ellas se sitúa la puerta de la sala, entreabierta para dejar pasar un ligero rayo de luz. En la zona de la izquierda aparece el grupo más numeroso de figuras, presidido por el maestro de baile, Monsieur Gard. Tras este grupo de bailarinas, en un gran espejo enmarcado se refleja la ventana de la izquierda, cubierta con elegantes visillos blancos. Precisamente la luz es una de las protagonistas indirectas de la composición; penetra por la izquierda de la escena a través de esos finos cortinajes e ilumina a las muchachas que están inmediatamente detrás de Gard. Mucho más tamizada, ilumina la figura central y las del fondo, advirtiéndose otro rayo de luz en la puerta entreabierta. De esta manera, el artista concentra nuestra atención en estos detalles lumínicos, dispersos por todo el lienzo. Otro de sus grandes logros es la perspectiva y la profundidad al abrir el espacio a través de un complejo juego de espejos y reflejos, consiguiendo un magnífico efecto de movimiento y realismo. Pero la gran preocupación de Degas sería el color, la organización armónica de un reducido número de tonos. El color predominante es el blanco de los vestidos, mientras que el rosa de las zapatillas y de las cintas ocupa un papel secundario. La fuente empleada por el pintor para organizar el color blanco sería la obra de James M. Whistler, quien había defendido la idea del paralelismo existente entre la música y el color. A ese predominio del blanco contrasta el color negro del traje del maestro y los sienas de suelo y paredes, que crean un pronunciado contraste entre las tres tonalidades. No hay que olvidar la magnífica sensación atmosférica creada por Degas en la estancia, que diluye los contornos de las figuras, como ya hizo el gran Velázquez. Para ello aplica una pincelada más suelta, sin olvidar una perfecta base de dibujo.
CLASE DE DANZA EN LA ÓPERA
Compañera de la Clase de danza, en esta escena vuelve Degas a interesarse por los ensayos de ballet. Ahora ha cambiado de sala, eligiendo las más grande y lujosa de las existentes en el Teatro de la Opera. Aunque el pintor no pudiera asistir a los ensayos por estar absolutamente prohibido, su conocimiento del lugar y su gran imaginación hacen que consiga su propósito.El maestro de ballet que pide silencio con la mano levantada es Louis Merante, antiguo bailarín; junto a él contemplamos a un violinista que espera que reine el silencio para iniciar el ensayo. La bailarina preparada en la zona izquierda es Mlle. Hugues, quien posó en el estudio de Degas en numerosas sesiones. Al fondo se abre una puerta donde contemplamos otra bailarina y una ventana por la que penetra un ligero rayo de luz. Un pequeño grupo de bailarinas estira sus músculos en la barra de la pared mientras que la mayor parte se centra en la zona derecha, esperando atentamente la actuación de su compañera. Tras estas figuras contemplamos un gran espejo situado en un arco de medio punto; un pequeño espejo y una nueva puerta completan esta pared. En primer plano aparecen dos sillas, una de ellas ocupada por una bailarina descansando para la que también posó Mlle. Hugues. En la otra vemos un abanico abierto señalando en dirección de la bailarina que va a actuar. Degas ha organizado la composición a través de un círculo vacío que se sitúa en el espacio central. Alrededor de él se colocan las diferentes figuras, equilibrando perfectamente el espacio gracias a las tonalidades blancas de los trajes. La sensación de profundidad también resulta destacable al recurrir a diferentes espejos y puertas abiertas, jugando con la realidad y la ilusión. Por ejemplo, el rostro de Mlle. Hugues reflejado en el espejo parece mirar por encima del hombro a su compañera. La sensación de movimiento es otra preocupación del pintor, conseguida a través de las bailarinas del fondo. Respecto al color, Degas vuelve a tomar como fuente a James M. Whistler al organizar la escena gracias a las tonalidades blancas de los vestidos. Los rosas de las zapatillas y el negro de algunos lazos complementan perfectamente al blanco, mientras que el color siena de paredes y suelo sirve para contrastar. El color rojo de la barra, del lazo de una de las bailarinas y del abanico abierto sirve para otorgar el ritmo a la composición, de igual manera que hizo Velázquez en Las Meninas. La luz procede de la derecha, iluminando ligeramente las figuras y creando sombras que se proyectan en el suelo. El efecto atmosférico de una habitación cerrada e iluminada por un ligero haz de luz está perfectamente conseguido al distorsionar los contornos de las figuras, sin olvidar la existencia de una potente base dibujística.

ENSAYO DE BALLET EN EL ESCENARIO
Desconocemos las razones por las que Degas dedicó buena parte de su producción a la temática del ballet. Algunos especialistas sugieren que se venderían mejor que las obras con temas más duros. De todas maneras, el pintor ha pasado a la historia como el que mejor ha sabido interpretar ese mundo que estaba alcanzando cada vez más popularidad. Bien es cierto que las jóvenes bailarinas no llegaban a ser grandes estrellas sino que en su inmensa mayoría tenían que ofrecerse a los hombres que las cortejaban para conseguir obtener una mayor ganancia, tan miserable era su retribución en la danza. Uno de esos hombres puede ser el que está sentado al fondo de la composición, observando a las jóvenes antes de iniciar su ensayo. Degas se sitúa en uno de los laterales del escenario del Teatro de la Opera para mostrarnos un momento del ensayo, posiblemente los instantes previos a la orden de inicio del director, mientras las bailarinas estiran los músculos y calientan individualmente. En esta ocasión el pintor ha recurrido a una escena panorámica, sin cortar ninguno de los planos pictóricos. Las muchachas se van sucediendo en profundidad, distribuyéndose ordenadamente sobre el espacio. Para no dejar escapar ningún detalle tuvo que realizar unos veinte estudios previos de figuras, demostrando sus deseos de triunfar, no dejando ningún elemento al azar. Sería ésta la única ocasión que Degas empleara la grisalla monocromática para realizar una escena. Hay quien opina que se trataría de una prueba para trabajar sobre un grabado en madera para una revista inglesa, debido al éxito que tenían estas imágenes en Londres. Curiosamente se ha perdido algo de color en algunas zonas, pudiéndose contemplar los cambios que introdujo el artista: en la zona de la derecha vemos una pierna mientras que al fondo queda la huella de un hombre sentado en una pilastra. La luz empleada es la iluminación artificial del Teatro, creando fuertes contrastes entre las zonas iluminadas y las ensombrecidas. Con esta escena inaugura una serie de estampas sobre los ensayos en el escenario.

"CUATRO BAILARINAS"

LAS BAILARINAS AZULES



En ocasiones Degas empleó fotografías para realizar sus obras. Las modelos eran fotografiadas en su estudio y luego se basaba en esas placas para componer imágenes tan atractivas como ésta que aquí contemplamos. Son cuatro bailarinas las protagonistas, en diferentes actitudes; mientras una estira sus brazos, dos de sus compañeras se colocan el vestido y la cuarta parece agacharse para atarse las zapatillas. De nuevo recurre a una perspectiva alzada, viendo a las figuras desde un lugar bastante elevado. El color dominante es el azul, con diferentes tonalidades, mezclado en algunas zonas con varios colores. La fuerte iluminación de la escena provoca interesantes contrastes entre zonas de luz y sombra, mostrando la atracción del artista por la iluminación teatral. Las formas de las figuras casi son engullidas por el color, aunque aún observamos el excelente dibujo que siempre muestra Degas, dibujo que atrajo especialmente a Gauguin. El efecto fotográfico se muestra al cortar los planos, ofreciéndonos una imagen sesgada de la realidad. La disposición de las figuras en el espacio no es arbitraria sino muy meditada, para crear un pentágono irregular en el centro de la escena. La bailarina agachada se contrarresta con el brazo elevado de la que está calentando sus músculos antes de la actuación. El control de Degas sobre la técnica del pastel le permitiría realizar la imagen en diferentes niveles para obtener numerosas tonalidades, adquiriendo éstas mayor brillantez.

"BAILARINAS ROSA" (DESPUS DEL ENSAYO)

"EL ENSAYO"

ESCUELA DE BALLET

BALLET EN LA ÓPERA DE PARIS

"LA REPETICIÓN"

BAILARINAS-(PINTURA AL PASTEL)

"LAS BAILARINAS RUSAS"

http://www.artehistoria.com/v2/obras/2031.htm
http://totenart.com/noticias/la-oscura-verdad-de-las-dulces-bailarinas-de-degas/
http://www.artehistoria.com/v2/obras/1616.htm
http://www.artehistoria.com/v2/obras/1622.htm
 http://www.artehistoria.com/v2/obras/1615.htm
http://www.artehistoria.com/v2/obras/1657.htm



jueves, 17 de marzo de 2016

GERARD VAN HONTHORST...PINTOR CARAVAGGISTA FLAMENCO




Gerrit van Honthorst fue uno de los pintores que llevaron el estilo de Caravaggio a los Países Bajos del Norte siendo, además, el miembro de la escuela de Utrecht con más proyección internacional. Honthorst viajó a Roma en una fecha temprana, hacia 1610-1615, y está documentado de vuelta en Utrecht en julio de 1620. En Italia, donde tuvo protección y recibió numerosos encargos, estudió tanto la pintura de Caravaggio como la de los Carracci. Sus escenas nocturnas, respecto a las que no se descarta que hubiera podido conocer ejemplos de los Bassano y de Luca Cambiaso con este tipo de iluminación, le valieron el apodo de "Gherardo delle Notti".


                               EL VIOLINISTA ALEGRE CON UN VASO DE VINO

Precisamente el tema de este lienzo"El violinista alegre con un vaso de vino" es de origen italiano y enlaza con la pintura de un seguidor de Caravaggio, Bartolomeo Manfredi. Fechado en los primeros años de su regreso a Utrecht, el óleo recoge la transformación que su pintura experimentó durante esta década. En él vemos cómo la luz, focal de sus primeras composiciones se torna más homogénea, bañando la superficie con una disposición más igualada. El foco de luz colocado en esta tela a la izquierda incide suavemente iluminando el fondo y con más fuerza en zonas de la figura como el hombro desnudo, el brazo con el que alza el vaso de vino, así como gran parte de su rostro. Esta luz crea hermosos contraluces, especialmente en la mano abierta del primer plano y en el violín que sostiene con fuerza bajo el brazo.
Si la iluminación es uno de los factores que imprime fuerza al óleo, no lo es menos el tratamiento que Honthorst da al personaje, cuya felicidad se capta en una radiante mirada que atrae la atención del espectador. El pintor no ha descuidado en su construcción ningún detalle de su anónimo modelo, que no duda en presentarlo con la nariz y las mejillas fuertemente enrojecidas, al igual que los dedos con los que tan sutilmente alza el vaso.
Este músico, vestido con ropa de teatro y con un llamativo gorro de plumas, se ha relacionado, por fecha y tema, con otro conservado en el Rijksmuseum de Amsterdam, de 1623, donde la figura lleva telas atractivas y un sombrero similar al nuestro.
Judson pensó que este tipo de figuras podrían ser alegorías de los sentidos, representando, en el caso que nos ocupa, el gusto. Gaskell , al acercarse a estos temas, llamó la atención sobre algunos lienzos de temática similar al nuestro que hacían pareja con figuras femeninas; en ellos, siguiendo a este crítico, se establece un diálogo de gestos no exento de connotaciones sexuales.



El Violinista alegre con un vaso de vino perteneció a varias colecciones vienesas durante el siglo XIX. Apareció en el mercado de arte francés a mediados del siglo xx, en la galería parisina Heim, donde al parecer fue adquirido por Earl C. Townsed Jr. para su colección en Indianápolis. La pintura entró en la colección Thyssen-Bornemisza en 1986. 


Haré un pequeño resumen de los deambulares de su ajetreada vida...

Nacido en una familia de artistas, van Honthorst fue alumno de Abraham Bloemaert. En la década de 1610 completó su formación en Roma, estudiando en particular la obra de Caravaggio. Posteriormente reside en Londres, acompañado de su discípulo Joachim von Sandrart, donde ejecuta para el rey Carlos I cuadros destacados. Regresa a su país, donde se convierte en el más destacado de los pintores de la «Escuela de Utrecht», seguidores holandeses del artista italiano Caravaggio.
En 1622, fue admitido en la cofradía de pintores de Utrecht. Fue pintor de Federico Enrique de Orange-Nassau y de su hijo Guillermo II, ambos estatúderes y príncipes de Orange.
Destaca como pintor de escenas nocturnas y con luz artificial, lo que le vale el sobrenombre de «Gérard della Notte» («Gerardo de la noche»).
En la década de 1630, Van Honthorst se dio a conocer como retratista, lo que le permitió establecerse en La Haya en 1637, y pintó sucesivamente en el castillo de Ryswick y en Huis ten Bosch. El tiempo que no empleaba en producir pinturas lo dedicaba a los retratos. Sus obras eran muy numerosas, y están ampliamente representadas en museos de toda Europa. Sus piezas más atractivas son aquellas en las que cultiva el estilo de Caravaggio, esto es, aquellas que representan tabernas, con jugadores, cantantes y comensales de escasos modales. Muestra gran habilidad al reproducir escenas iluminadas por una simple vela.

                                  CRISTO EN LA CARPINTERIA


                                              EL DENTISTA



'                                                               The Flea Hunt 

En 1649, fue invitado a tomar parte, junto con otros artistas, en la decoración del Orange Hall en el Palacio del Estatúder de Huis ten Bosch. En 1652, regresó a Utrecht, donde murió cuatro años más tarde.

 “Susanna and the Elders


EL CONCIERTO

Su obra es tan extensa que seria interminable su descripción y con mas motivo,cuando solo he venido a mostrar un cuadro,pero no pude evitar la tentación...

 http://www.museothyssen.org/thyssen/ficha_obra/315
 http://es.wikipedia.org/wiki/Gerard_van_Honthorst

miércoles, 9 de marzo de 2016

GIUSEPPE ARCIMBOLDO...LAS CUATRO ESTACIONES

 

                         Mientras ve su obra... disfrute de la compañia de la musica  

                               

Detalle de La Primavera

  Según informa el padre Paolo Morigia, amigo y biógrafo del artista, Giuseppe Arcimboldo realizó su formación en el taller de su padre, Biagio Arcimboldo, un pintor de procedencia alemana que trabajó en la catedral milanesa y que mantuvo relaciones amistosas con Bernardino Luini, allegado alumno de Leonardo da Vinci, a través del cual Giuseppe tuvo acceso a los dibujos y cuadernos ilustrados del gran maestro. Protegido por Gianangelo Arcimboldo, un tío abuelo que llegó a ser arzobispo de Milán, Giuseppe consiguió una gran erudición y estar registrado como pintor cuando tan sólo contaba 22 años.
En su primera obra, también realizada para la catedral de Milán, se ajustó a los cánones de la pintura de su tiempo tanto en el diseño de cartones para tapices gobelinos como en la serie de cartones para vidrieras con escenas de la vida de Santa Catalina, donde, a pesar de su genio inventivo y el prolífico uso de guirnaldas con frutas y mascarones, todavía no mostraba la atrevida creatividad que trastocaría la iconografía convencional de la pintura renacentista.


                                                                               Detalle de El Verano

La verdadera personalidad de Arcimboldo se descubriría a partir del año 1562, cuando el pintor fue reclamado desde Praga por el emperador Fernando I como Retratista de la Corte (Hof-Conterfetter). Allí el emperador pronto descubrió todas sus habilidades, no sólo pictóricas, tras poner en práctica toda una serie de invenciones artísticas que le convirtieron en un verdadero maestro de escena en la celebración de torneos, juegos, desfiles, bailes, coronaciones y enlaces nupciales, llegando a tener el favor especial, no sólo del emperador durante los dos años que estuvo a su servicio, sino de toda la corte de Austria.
Arcimboldo sorprendía de continuo en tales celebraciones a los grandes príncipes que asistían a las reuniones cortesanas y a los espectadores que vivían con regocijo, incluido el propio emperador, las fiestas y desfiles en las que aparecían originales carrozas pobladas de figuras mitológicas y animales fantásticos, personas y animales ataviados con originales vestiduras teatrales y máscaras de su invención —era capaz de transformar un caballo en un dragón de tres cabezas—, incorporando alegorías y dioses mitológicos para ensalzar simbólicamente los valores del Imperio, así como construcciones efímeras como pirámides, colinas, etc., configurando asombrosos escenarios para juegos, siempre con referencias a todo el saber de su tiempo y del mundo conocido. Por toda esta polifacética labor de creación artística, el emperador le compensaba con un generoso sueldo.
Detalle de El Otoño

No es de extrañar que cuando Maximiliano II sucedió a su padre como emperador en 1564, también mantuviera a Arcimboldo al servicio de los fastos cortesanos durante los doce años que estuvo al frente del imperio germánico, donde el artista compaginaba sus originales creaciones pictóricas con diseños de arquitectura, decoración teatral, obras de ingeniería, construcciones hidráulicas e incluso la creación de un gabinete de curiosidades muy estimado por el monarca.
Otro tanto puede decirse de Rodolfo II de Habsburgo, emperador desde la muerte de su padre Maximiliano en 1576, casado con María de Austria y Portugal, hija de Carlos V, que profesaba a Arcimboldo verdadera admiración. El conocido como el emperador alquimista mantuvo al pintor a su servicio durante otros once años, cuyas pinturas venían como un anillo al dedo en aquella corte de erudición irracional en la que era habitual la presencia de artistas, científicos, astrólogos y alquimistas, con una pasión especial del monarca por su gabinete de las maravillas, donde guardaba objetos procedentes de todo el mundo, como pájaros disecados, grandes conchas y peces, piedras preciosas, supuestos demonios encerrados en recipientes, momias y hasta un exótico jardín zoológico.


                                                                               Detalle de El Invierno

En 1587 Rodolfo II permitió el regreso de Arcimboldo a Milán, donde el artista llegó a pintar dos nuevas obras para el emperador, la Ninfa Flora y Vertumno, un alucinante retrato alegórico del emperador representado como el dios romano que transforma la Naturaleza y la da vida, compuesto de forma surrealista con frutas, hortalizas y flores como símbolo de la armonía de su reinado. Ambas pinturas fueron enviadas a Praga y en 1592 correspondidas por parte del emperador agradecido con la concesión al pintor del título de conde Palatino.
Conocer este contexto de la corte de Praga es imprescindible para justificar y entender los artificiosos juegos plásticos desarrollados por Arcimboldo en sus célebres pinturas, un repertorio planteado como un juego para iniciados donde las imágenes sustituyen a la palabra escrita, siendo necesario cierto nivel de erudición para captar mediante la lectura visual, al igual que en la alquimia, los mensajes secretos que encierran, mientras que para la gente ordinaria se convierten simplemente en un juego de pintura extravagante y caprichosa, una pintura que podría considerarse como el paradigma de la mentalidad manierista.



LA SERIE DE LAS CUATRO ESTACIONES
  Durante la estancia en Praga al servicio de Fernando I, además de los retratos de diversos miembros de la familia real, en 1563 Arcimboldo asombró a los soberanos y artistas de la época con una serie que supuso un brusco cambio en su obra, posiblemente después de ponerse en contacto en aquella corte con pinturas de El Bosco, Brueghel y Cranach. Se trata de Las Cuatro Estaciones, unas pinturas de discreto formato —0,76 x 0,63 m.— que simulan retratos humanos de perfil que no dejan de ser un juego óptico, ya que en realidad están compuestos por una gran variedad de pequeños objetos, naturales y artificiales, que agrupados de forma temática adquieren ingeniosas formas antropomórficas no exentas de cierta carga satírica.
De esa primera serie, La Primavera se conserva en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, y El Verano y El Invierno en el Kunsthistorisches de Viena, dándose por desaparecido El Otoño.
Después de esta rompedora serie, verdadero precedente del surrealismo, en tiempos de Maximiliano II Arcimboldo volvió a sorprender en el panorama artístico con otra serie dedicada a Los Cuatro Elementos en 1566, continuando el juego caprichoso con los inusuales retratos de El Jurista, El Cocinero y El Bodeguero, consolidando un tipo de pintura fantástica que le proporcionó un enorme prestigio, recibiendo encargos reiterativos sobre los mismos temas, especialmente de Las Cuatro Estaciones, serie que repitió en varias ocasiones: en 1573 la que se conserva completa en el Museo del Louvre y en 1577 otras dos, ya en tiempos de Rodolfo II.
Las Cuatro Estaciones están compuestas por múltiples vegetales y objetos que sintetizan los bienes de la naturaleza en cada época del año, agrupados en un microcosmos reinventado donde las formas naturales se metamorfosean para mostrar una sugestiva armonía en forma de bustos femeninos y masculinos, cuya identidad sólo existe en la mente del espectador. 


                                                         La Primavera, 1573. Museo del Louvre

LA PRIMAVERA
Un sin fin de vegetales y flores, plasmadas meticulosamente de modo naturalista, se agrupan para configurar el retrato de una mujer joven que esboza una sonrisa. Flores blancas y rosas simulan las carnaciones, una corona sugiere los cabellos y diversos tipos de hojas delinean las vestiduras, con un cuello formado por diminutas flores blancas que sugieren puntillas. La nariz es un capullo de azucena, la oreja un tulipán, y el ojo dos belladonas y sus flores, siempre con alusión al colorido que celebra la naturaleza en primavera, con un simbólico lirio en el pecho perfilado sobre un fondo neutro.
La original composición aglutina la esencia de la pintura manierista, que se convierte a través del ingenio y la fantasía de Arcimboldo en capricho, artificio, extravagancia, juego ilusionista, estudio científico y construcción colorista y lumínica sin pretensiones de perspectiva.
La orla en forma de guirnalda que encuadra esta serie del Museo del Louvre, fue añadida posteriormente, seguramente en el siglo XVII.


                                                            El Verano, 1573. Museo del Louvre

EL VERANO
Repite la configuración de un supuesto retrato a partir de la meticulosa agrupación de frutos propios del estío, simbolizado con una alcachofa colocada al pecho. De forma artificiosa, el rostro queda compuesto por un calabacín como nariz, higos y cerezas en los ojos, un melocotón en la mejilla y una pera como barbilla, acompañándose de un tocado formado por un cúmulo de frutas y hojas entre las que se distinguen cerezas, ciruelas, maíz, un melón y uvas.
En este caso lo más original es la vestidura, que simula estar trenzada con fibras vegetales de paja, con un cuello adornado con espigas agostadas bajo las que se lee el nombre del pintor, apareciendo también la fecha de ejecución, 1573, en la hombrera de la indumentaria.


                                                                                 El Otoño, 1573. Museo del Louvre

EL OTOÑO
El personaje que representa al Otoño es posiblemente el más tosco de la serie por sus rasgos. Está compuesto por todo un conjunto de frutos otoñales colocados artificiosamente sobre una tina desmembrada que se sujeta con anillos de mimbre. El rostro está formado con una pera bulbosa como nariz, una manzana como mejilla, una castaña en la boca, una granada en el mentón y un níscalo como oreja, de la que pende un higo reventado que simula un pendiente.
Los cabellos son racimos de uvas blancas y negras que forman un témpano y se remata con una calabaza a modo de casquete, recordando una cabeza de Baco, dios del vino, en alusión al tiempo de vendimia. Esta figuración fantástica agrupa pequeños y minuciosos detalles envueltos de una nítida luminosidad, haciendo que  adquieran una nueva significación al agruparse sobre un fondo neutro y oscuro.


                                                               El Invierno, 1573. Museo del Louvre

EL INVIERNO
De toda la serie este es el fingido retrato más intrigante. La acumulación de elementos vegetales insinúa el depauperado busto de un anciano cuya cabeza está formada por un tronco cuya corteza perfila las arrugas, casi cicatrices, con la nariz y la oreja formadas por ramas quebradas, pequeñas ramificaciones como barbas, un hongo hinchado y pelado como boca y una hiedra enredada entre brotes secos como cabellos.
Sobre su pecho penden una naranja y un limón, únicos elementos que aluden al calor y el sol, como un símbolo de esperanza de que el invierno no dure eternamente. Asimismo, parece cubrirse del frío con una gruesa estera sobre la que está entretejido un escudo de armas sin duda referido al emperador destinatario de esta caprichosa pintura.
Con estas obras Arcimboldo pasaría a la historia del arte europeo como uno de los artistas más enigmáticos y extraños, equiparable para algunos por su trabajo polifacético en la corte bohemia con el mismísimo Leonardo da Vinci, siendo sus experiencias revitalizadas en el siglo XX por artistas como Salvador Dalí y otros surrealistas.
Informe: J. M. Travieso.
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