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lunes, 5 de agosto de 2019

RETABLO DEL MONASTERIO DEL PAULAR Y SUS "CARDUCHOS"


La joya máxima de El Paular es el retablo gótico en alabastro que preside la iglesia del monasterio. Es una gran pieza que ocupa todo el fondo del presbiterio, del tipo llamado de batea y dividido interiormente en compartimentos rectangulares con grandes guardapolvos de tracería gótica y en el interior bellas bóvedas nerviadas. A primera vista se advierte que es de estiló hispanoflamenco y de finales del siglo XV (última década). Está tallado en alabastro (lo que es excepcional en Castilla, cuyos retablos son de talla, a diferencia de Aragón), posteriormente policromado.
Su atribución al taller de Juan Guás, maestro de obras del monasterio de El Paular durante el reinado de los Reyes Católicos, se consolida entre los especialistas como la más certera.
Este retablo se trajo de Génova encargado por el rey Juan II,(basándose en la afirmación al respeto de Ponz). Si ésta afirmación es cierta, debe referirse a otro anterior, pues cuando murió Juan II faltaban muchos años para que se iniciase el que hay actualmente. Ya hace tiempo que A.L. Mayer escribió al respecto: “Nunca pude explicarme cómo casi todos, hasta Kart Justi, hayan podido sustentar la opinión de que el retablo actual sea idéntico a aquel que fue labrado hacia 1440, en Génova, por encargo del rey Juan II” a pesar de lo cual se ha insistido en la idea posteriormente.
Este último autor, que lo llama “orgullo de la grandiosa cartuja de Castilla la Nueva”, ve en él una clara influencia del bajo Rhin y lo emparenta con Simón de Colonia, fechándolo no antes de 1490. Por su parte, Maria Elena Gómez-Moreno ve en él afinidades con la escuela burgalesa de los Colonia y Gil de Siloé, dándole como fecha límite la de 1474. Mucho más acertadamente J.V.L. Brans lo relaciona con la escuela hispano-flamenca de Toledo, de la que era figura destacada Juan Guás, que ya dirigió las obras de este período por cuenta de los Reyes Católicos, de los que era arquitecto titular. Lo que confirma la semejanza entre ciertos elementos decorativos de este retablo y de la portada de la iglesia, de neto sabor isabelino.

Ahora se puede afirmar,que este conjunto fue labrado “in situ” por artistas de la escuela de Guás durante la última década del siglo XV. Así lo demuestran una gran cantidad de desechos del mismo alabastro que el del retablo que se arrojaron al patio de Matalobos para terraplenar determinado lugar (algunos parcialmente labrados) y que han aparecido con motivo de obras mas actuales. Aún más, el actual prior conserva un fragmento de unos 25 centímetros, totalmente tallado con volutas vegetales idénticas y del mismo tamaño que las del guardapolvos exterior, y encontrado en el mismo lugar. No queda ya sino averiguar los nombres de los artífices...
El conjunto destaca por su decoración profusa hasta el extremo y de él ha señalado A. Durán Sampere “su calidad excepcional y características muy especiales. La agrupación general de las escenas da cierto énfasis a la cuadrícula de sus ejes: tres órdenes en el cuerpo superior, predela elevada y debajo puertas muy labradas y un gran relieve de la Virgen y el Niño rodeados de ángeles... Las composiciones son muy claras y pensadas; las figuras aparecen perfectamente individualizadas dentro de un concepto pictórico, pero de gran nobleza y dignidad. La originalidad de su disposición y la calidad de las tallas hacen de este retablo uno de los más bellos de Castilla.
Por otra parte, se trata de un álbum inapreciable para estudiar el vestuario de la época de los Reyes Católicos. Y lo mismo puede decirse de la arquitectura civil, tanto exterior como interior.

El cuerpo inferior lo compone la hornacina de la Virgen entre dos "portaditas" que comunicaban con el primitivo Sagrario, todo ello delimitado por cuatro pilastras con estatuillas bajo pequeños doseles.
La imagen inferior central de la Virgen sosteniendo al Niño que preside el retablo, se relaciona con la vinculación mariana de este monasterio, que en su origen perteneció a la Orden Cartuja, como Miraflores.
La talla de la Virgen de El Paular, de mediano tamaño, es una delicia, tanto por la delicadeza y belleza del rostro como por la movilidad de la composición. Nuestra señora tiene un racimo de uvas en la mano derecha que parece ofrecer al Niño, uno de los ejemplares más logrados y realistas de la iconografía, quien a su vez tiene un pájaro en la mano izquierda al que da de comer un grano de uva. Madre e hijo están rodeados por un coro de seis ángeles que tañen diferentes instrumentos musicales de la época. 
De las dos portaditas, muy decoradas, con sendos ángeles en las enjutas y estatuillas de santas en las intercolumnas se ha escrito que “por sí solas, estas puertas son monumentos sin rival del estilo isabelino”.


La predela, elevada está constituida por seis compartimentos de las mismas dimensiones en que se exponen escenas de la vida de la Virgen, quizá la más atrayentes de todo el retablo. Son éstas, de izquierda a derecha del espectador, la Presentación de la Virgen en el Templo ; la Anunciación, en la que además del Espíritu Santo aparece Dios Padre, detalle poco frecuente en la iconografía ; la Visitación, una de las escenas con mayor encanto, y en la que hay que señalar la variedad de peinados e indumentos de las mujeres participantes, así como elementos arquitectónicos; el Nacimiento de San Juan Bautista,composición llena de intimismo; el Nacimiento de Jesús en la que se incluye un Anuncio a los Pastores; y la adoración de los Magos, en que destaca el lujoso vestuario de éstos y la arquitectura casi renacentista de la casa de la Sagrada Familia.

Escena del Nacimiento de San Juan Bautista, patrono del monasterio de El Paular

El primer cuerpo propiamente dicho se divide en cuatro compartimentos, más anchos de los extremos, y en los que se representan las siguientes escenas: la Presentación del Niño en el Templo; el Bautismo en el Jordán; la Ultima Cena, en la que Jesús echa el brazo por encima del hombro de San Juan; y el Prendimiento.



El segundo cuerpo tiene la misma disposición que el anterior y en él las escenas se suceden así: la Flagelación, ante la presencia de Herodes; el Camino del Calvario, entre gran concurrencia de tropa, con indumentos casi renacentista, y en la que causa maravilla que la cuerda con que el sayón tira de Jesús pueda estar hecha de alabastro,dada su perfección; el Calvario, sin fondo alguno, para mejor destacar la soledad de Cristo crucificado. Y el Descendimiento o Piedad, donde la Virgen recoge sobre sus rodillas el cuerpo rígido de su Hijo, con un fondo de tinieblas.



El último cuerpo no consta más que de dos compartimentos en que se muestra la bajada de Jesús al Limbo, figurado como la boca de un gran dragón, en presencia de curiosas representaciones de demonios, muy del gusto flamenco (en la parte superior de esta escena y en pequeño tamaño se ve la aparición de Jesús a su Madre, tema de gran rareza iconográfica); y la Resurrección, en que los dormidos soldados parecen escapados de los tercios del Gran Capitán.
Además de las escenas mencionadas no se puede dejar de nombrar la bien terminada decoración en que junto a los finos encajes gótico-floridos de los guardapolvos alternan motivos vegetales, entrelazados a veces con angeles y otros simbólicos (junto al Descendimiento hay siete cabezas juveniles, ¿los legendarios siete infantes de Lara...?. Pero más importancia tienen los treinta y nueve santos y santas que se albergan bajo góticos doseletes adosados a las diversas caras de las pilastras, de que pueden distinguirse fácilmente S. Andrés, S. Judas Tadeo, S. Pedro, Sta. Bárbara, S. Juan Bautista, S. Bartolomé, Santiago el Menor, Santiago el Mayor, S. Pablo, San Antonio Abad, S. Sebastián, S. Cristóbal, etc., etc.
Sobre las alas del segundo cuerpo hay, además, sendas tallas barrocas (s. XVII) de S. Juan Bautista y S. Bruno y rematando el retablo, el tradicional grupo de Calvario, también barroco (quizá sustituyese al que hoy preside el refectorio, gótico del siglo XV).



Y...“Habiéndose acordado que en la cartuja del Paular se adornase el claustro con buenos cuadros, los encargó a Vicencio (Carducho), y antes de empezar a pintarlos celebraron escritura el prior (Juan de Baeza) y Carducho en Madrid el día 29 de agosto de 1629 ante el escribano Pedro de Aléas Matienzo con doce condiciones, que en ella se insertaron, siendo las principales que Vicencio había de pintar los cuadros en Madrid en cuatro años, contados desde la citada fecha, dando catorce concluidos en fin de cada uno, que a su costa había de ir al Paular a colocar en su sitio los de la primera remesa: que todos habían de ser de su mano: que después de tasados por dos profesores, Carducho ofrecía ceder a la comunidad la cuarta parte de la tasación; y que se les satisfaría en cada un año de los cuatro.


Así comienza la historia de los recuperados “Carduchos” del monasterio de  El Paular, tal como nos la cuenta D. Juan Agustín Ceán Bermúdez en su célebre “Diccionario”,pero antes de continuar con el relato del erudito, sería bueno conocer algo de la vida de este artista florentino de nacimiento y español de adopción, famoso en su época pero no tan conocido en la nuestra como debiera ser.



Vicente (o Vincenzo) Carducho nació en Florencia en 1576 o 1578,de muy corta edad, en 1589, se trasladó a España acompañando a su hermano Bartolomé quien, junto a su maestro Federico Zuccaro y otros artistas italianos había sido contratado por Felipe II para trabajar en la decoración del monasterio de El Escorial. Tuvo su primera enseñanza del arte (escribe Ceán) en El Escorial a la vista de tan buenos modelos. En 1599 parece que participó en la decoración para la entrada de la reina Margarita, esposa de Felipe III, en Madrid. Su hermano y maestro le llevo consigo a Valladolid, sede de la corte,  donde trabajó para palacios y conventos por orden del Duque de Lerma. En 1607 le tenemos trabajando como fresquista en la bóveda de la capilla del Palacio de El Pardo donde pintó “El triunfo de la Eucaristía”. A la muerte de su hermano, fue nombrado pintor del rey “en los mismos términos y con el mismo sueldo que lo había sido Bartolomé” y le sucedió en la realización de la “Historia de Aquiles” en la galería de mediodía de dicho palacio. En años sucesivos llevó a cabo pinturas por encargo del condestable de Castilla (Briviesca) y del rey (Monasterio de la Encarnación de Madrid y capuchinos de El Pardo; por encargo del cardenal Sandoval, y a medias con Eugenio Caxés,  hizo los frescos y lienzos (“Martirio de San Andrés”) de la capilla del Sagrario de la catedral de Toledo, el retablo mayor de Guadalupe costeado por el rey y el túmulo de Felipe III en San Jerónimo el Real de Madrid en 1621. Después de pintar la “Sagrada Cena” del retablo de “las carboneras” en Madrid y “La Anunciación” de las Descalzas, se ocupó de su principal obra que es la serie de El Paular que estamos comentando. Otras obras suyas de estos años y posteriores son la serie de trinitarios descalzos (Museo del Prado), escenas de batallas dela guerra de los 30 años (Fleurus, Constanza y Rheinfelden) y la decoración de la Torre de la Parada entre 1636 y 1638, año en el que murió, a los sesenta años de edad, siendo enterrado en la capilla de la Orden Tercera de San Francisco en Madrid.
Vicente Carducho, contemporáneo de Velázquez con quien coexistió,con más o menos problemas, tuvo numerosos discípulos entre los que destacaron Castello, Román, Francisco Fernández Ximeno y sobre todo Francisco Rizi. En 1633 publicó “Diálogos de la pintura” que Ceán consideraba “el mejor libro que tenemos de la pintura en castellano”.  
Ahora podemos reanudar la historia de los cuadros suyos de El Paular que habíamos dejado al punto de la firma de la escritura.



“Cumplieron ambas partes esta contrata, y Vincenzio dio concluidos cincuenta y cinco lienzos de esta forma: veinte y siete que representan varios pasages de la vida de S.Bruno, desde su conversión hasta su sepultura: otros veinte y siete que figuran martirios de monges y sucesos de diferentes venerables de aquella religión: y el que resta  contiene dos escudos de armas…” .



En el claustro del monasterio estuvieron colgados los cincuenta y cinco cuadros, y allí los vio Ceán a finales del siglo XVIII, hasta que las normas derivadas de las leyes desamortizadoras de 1835 dispusieron la recogida de las “preciosidades artísticas” que quedaban en los  monasterios y conventos suprimidos. Se sabe que la responsabilidad de esta recogida, en el caso de la cartuja de El Paular, recayó en Miguel (¿o Juan?) Gálvez  enviado por la Academia al monasterio el 16 de junio de 1837. Gálvez no encontró más problemas en su cometido para recoger los “carduchos” que los que le planteó, por su tamaño, el apeo de los cuadros y volvió a Madrid el 5 de agosto de 1837 trayendo con la serie de 56 cuadros, dejando allí los marcos que eran demasiado grandes y costosos para trasportarlos .


Los cuadros fueron a parar al Museo Nacional de la Trinidad,inaugurado por la reina regente María Cristina  el 24 de julio de 1838 y en el que se expusieron 516 obras en buena parte recogidos en los conventos suprimidos. Allí lo vio José de Madrazo  quien, en carta dirigida a su hijo Federico, por entonces residente en París, los alababa de esta guisa: “Los cuadros de Vicente Carducho que estaban en la Cartuja de El Paular todos muy grandes y en número de 54 te gustarán muchísimo porque reúnen composición, dibujo, colorido, efecto y facilidad los eleva a un rango en el arte muy elevado. Sus ropajes en general son admirables”.


En 1872 se incorpora al Museo Nacional del Prado el de Pintura y escultura de la Trinidad y como el Prado no tenía capacidad para ubicar los fondos agregados (1488 cuadros y 51 esculturas) se produce los que Álvarez Lopera llamo “su volatización”, esto es el envio de los cuadros  en depósito a toda clase de establecimientos oficiales e incluso particulares. Así fue como se dispersaron, por múltiples lugares, la serie de El Paular, quedando en el Prado algunos de ellos


La localización, restauración y recuperación en el sitio de “los carduchos” de El Paular  ha sido posible gracias al “empeño personal y entusiasta” de Werner Beutler, profesor jubilado de literatura alemana,  y del Museo del Prado, conjuntamente. El estudioso alemán  es autor de un libro fundamental “Vicente Carducho en El Paular” publicado en español en 1988. En cuanto a la labor del Museo del Prado, habría que mencionar a la conservadora jefe del Departamento de Pintura Española del Renacimiento,  Leticia Ruiz Gómez y a sus directivos responsables, quienes decidieron acometer el proyecto de restauración y reubicación de la serie en su lugar original, el claustro del monasterio del Paular.



Esta es una pequeña muestra de la calidad y belleza de esta serie y a través de ella, conoceremos mejor a un gran pintor del siglo XVII, oscurecido por Velázquez, como le sucedió a casi todos sus contemporáneos,  pero muy digno de figurar “por su  gran mérito y habilidad”  en los anales de la pintura española y a quien el gran Lope de Vega le dedico un soneto que termina así:

“Bien pueden tus colores alabarse,

Y el arte de tu ingenio peregrino

Quanto puede imitar docta cultura:

Que si el cielo quisiera retratarse,

Solo fiara a tu pincel divino

La inmensa perfección de su hermosura”



jueves, 1 de marzo de 2018

EL RETABLO DE SAN MIGUEL DE ARALAR


El Retablo de Aralar,se trata de una pieza excepcional de la imaginería medieval europea declarada Bien de Interés Cultural. Atribuido a un taller francés de Limoges, este retablo románico del siglo XII se exhibe tras un cristal en el altar mayor de la iglesia del Santuario de San Miguel de Aralar. 
Treinta y siete esmaltes perfilan una singular colección de personajes, armónicamente dispuestos en este frontal de metal dorado de 2 metros de ancho y de 1,40 metros de alto. La figura principal, dispuesta en el centro y rodeada por un óvalo o mandorla, es la Virgen con el Niño. De cánones románicos, María sirve de trono al Niño Jesús que porta corona y bendice con la mano derecha mientras sostiene las Sagradas Escrituras con la izquierda. Los pies de la Virgen reposan sobre un artístico escabel y a ambos lados de su cabeza aparecen las letras alfa y omega. Debajo de ésta se sitúa la estrella de la Epifanía. 

Llama la atención la representación del Tetramorfos rodeando a Madre e Hijo, pues lo habitual es que acompañen al Salvador. Se trata de los cuatro símbolos de los evangelistas: San Mateo un ángel, San Juan un águila, San Marcos un león alado y San Lucas un toro.
A ambos lados se disponen simétricamente doce arcos que enmarcan otros tantos personajes. Son reconocibles los Tres Reyes Magos con sus ofrendas, 6 apóstoles entre los que se distingue a San Pedro con la llave del reino, un ángel, la Virgen y el rey donante. Entre las arcadas pueden verse relieves de edificaciones que representan la Jerusalén Celestial.
Se puede apreciar la gran maestría con que se individualizan los rasgos y ropajes de cada figura. Los pliegues dorados de las túnicas combinan a la perfección con las gamas de añiles, verdes y algunos toques de blanco, negro y rojo. Resulta asimismo llamativo el cincelado de las cabezas y pies de todos los personajes.

La ausencia de algún medallón y pequeños tramos de arquería recuerdan que en 1979 Erik el belga, ladrón de arte internacional, robó un importante número de piezas de esta excepcional obra, que afortunadamente, con el paso de los años, se han recuperado en su práctica totalidad.
Elaborado probablemente en la segunda mitad del siglo XII (1175-1185), cuando Sancho VI el Sabio patrocina en Navarra numerosas iniciativas artísticas en estrecha colaboración con el obispo de Pamplona, Pedro de Artajona “el Parisino”.
El retablo de esmaltes y cristal de roca es uno de los más bellos ejemplos artísticos del medievo. Intervinieron probablemente dos artistas, uno burgalés-riojano, el otro limosino. Sus medidas son 2 metros de longitud por 1,14 metros de altura.
En la parte inferior hay una lectura que dice:
“ Este precioso Retablo de Láminas de metal dorado y Esmaltado con su Ymagen de la Virgen del Sagrario de la Cathedral de Pamplona, a que es anexo este Santuario de San Miguel, e tubo antiguamente en la obscuridad de su Capilla, de donde se sacó, se limpió en Pamplona, y para que su vista mueba a deuocion, fue colocado assi en esta Capilla maior, en el año 1765”

La calidad de los esmaltes, el tono y la ejecución recuerdan al silense y llegó a pensarse que procedía de Silos o de Limoges.
En el año 1979 unos ladrones despiezaron el retablo destruyendo buena parte del armazón metálico. Las piezas se fueron recuperando poco a poco encontrándose el retablo en el Museo de Navarra en Pamplona.
Los orígenes son desconocidos, habiéndose reconocido restos prerrománicos, carolingios del siglo IX, en la parte inferior del ábside mayor y ventanas de herradura en el mismo. Sin embargo, la primera mención documental es del tiempo de Sancho III el Mayor (1032). Durante la segunda mitad del siglo XI el santuario recibe varias donaciones reales.

La consagración de una iglesia románica ocurrió en 1074, en tiempos de Sancho IV el de Peñalén (1054-1076), ocurriendo otra solemne consagración en 1098. En 1125 aparece el primer abad en el santuario lo que habría representado la separación del vecino monasterio de Zamarce. La dedicación del templo tuvo lugar en 1141 en tiempos de García Ramírez el Restaurador y sería aldededor de esta fecha cuando se amplió el primitivo templo románico del siglo XI.
La leyenda de Teodosio de Goñi se mezcla con la historia en San Miguel de Aralar, lo que popularizó Navarro Villoslada. Los orígenes de San Miguel de Aralar son muy antiguos como otros dedicados al arcángel a raíz de la aparición de San Miguel en el monte Gárgano (Manfredonia) en el siglo IV y cuya devoción impulsó Carlomagno sustityendo a otros cultos paganos.
La iglesia presenta planta de tres naves - muy estrechas las laterales - de cuatro tramos, más una cabecera triple formada por un ábside mayor ultracircular en el interior y poligonal al exterior y dos ábsides menores poco profundos. Esta cabecera conservaría planta y restos del santuario carolingio. En el tercer tramo de la nave central se sitúa la capilla cubierta con tejadillo a dos aguas, de finales del siglo XII. Las cubiertas son de algo más de cuarto de esfera en el ábside central y de horno simple en los laterales. Sobre el primer tramo de la nave central monta un cimborrio de ladrillo producto de la última restauración de 1969-1973. El resto de la nave está cubierta por bóveda de medio cañón rebajado. Las naves laterales están cubiertas con cañones.
Este será otro tema...

sábado, 12 de noviembre de 2016

BANCO DEL RETABLO DE LA SANTA CRUZ DE BLESA (TERUEL)



Banco, que presenta una interesante serie de ocho tablas con figuras dobles en las que aparece al Apostolado, mas otra central dedicada a la Anunciación.
En esta escena central, que sigue las normas de la iconografía occidental, el ángel aparece arrodillado ante la Virgen apoyado en largo bastón de mensajero, mientras señala hacia lo alto de donde vienen rayos de luz.  En la inscripción dice "Ave Gracia plena Dominus...". Aunque en la exposición aparecen unidad, parece ser que las dos mitades en que está dividida la tabla estaban colocadas una a cada lado, en los extremos de la polsera, o a ambos lados del sagrario.
Los apóstoles que aparecen en las seis tablas restantes llevan todos sus atributos, además de rollos sobre sus cabezas con sus nombres y sentencias del Credo. Al igual que en el sotobanco, destacan en todas ellas la riqueza de los detalles de los personajes y los elaborados fondos en los que se asientan. De izquierda a derecha son:
San Pedro y San Andrés, primeros discípulos de Jesús. El primero está representado tal y como fue divulgado por la iconografía cristiana occidental, con la salvedad de que solo porta una llave en su mano. En la filacteria, al lado de su nombre, aparece el primer versículo del Credo.



Santiago el Mayor y San Juan Evangelista, hijos de Zebedeo. Santiago se representa con el habitual hábito de peregrino: túnica marrón, manto azul y zapatos. Su filacteria reza “Iacobo. Qui conceptus es de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine".  San Juan, el discípulo amado, lleva en su mano una palma, que no es la del martirio sino la que le dio María en su lecho de muerte.  La filacteria dice "Ioanes. Passus sub Poncio Pilato crucifixus mortuus et sepultus".



Santo Tomás y Santiago el Menor.  Tomás lleva en la mano la lanza que simboliza su martirio.  La inscripción de la filacteria: "Tomás. Descendt ad inferos tertia die resurrexit...".  Santiago el Menor porta  una arqueta y una maza por haber muerto a golpes de garrote, lo que le valió ser el patrón de los bataneros. Su inscripción dice "Iacobus Minor. Ascendit ad caelos sedt ad dexteram Patris Omnipotentem".
San Felipe y San Bartolomé.  El primero, que apenas es destacado en los evangelios, no posee ningún atributo determinado.  Su incompleta filacteria dice "Philipus.  Inde venturus est iudicare vivos et mortuos".  Bartolomé, que porta el alfanje con el que fue desollado, es otro de los apóstoles que apenas tiene protagonismo en los Evangelios. En la filacteria: "Bartholomeus. Credo in Spiritum Sanctum".



San Mateo y San Simón.  San Mateo es el apóstol de la obediencia que dejó su puesto de recaudador para seguir a Jesús.  Por su importante obra escrita se le representa con un lujoso libro.  La leyenda de su filacteria dice "Matheus, Sanctam Ecclesiam Catholicam Sanctorum comunionem".  Simón, hermano de Judas, lleva una espada envainada recordando que murió degollado.  Su texto dice "Simonis. Remissionem peccatorum".



San Judas Tadeo y San Matías.  El primero, hermano de Santiago el Menor y de Simón, porta una lanza terminada en punta de sierra que fue el instrumento de su martirio tras predicar en Asia Menor con su hermano Simón.  Su texto dice "Judas Thadeus, Carnis resurrectionem".  San Matías, el sustituto de Judas Iscariote, evangelizó Judea y porta un hacha de largo mango con la que pusieron fin a su vida.  Su texto dice "Mathías. Et vitam aeternam. Amen".



http://arte-paisaje.blogspot.com.es/2012_05_01_archive.html
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jueves, 13 de octubre de 2016

RETABLO DE LA VIRGEN DEL COMENDADOR...SIGENA (HUESCA)


El Retablo de la Virgen del Comendador se ubicaba en el ábside de la derecha, lado de la Epístola, de la iglesia conventual del Real Monasterio de Sigena. Cuando en el siglo XVII el ábside se habilita como sacristía, el retablo es trasladado a otra capilla que presumiblemente ya existía en el jardín del claustro, en el ángulo entre las crujías del mediodía y de levante. Esta capilla se cubría con bóveda de nervadura y era más reducida que el retablo, por lo que tuvo que acomodarse al espacio en uno de sus muros, quedando mutilados el guardapolvo y los pináculos del extremo, que fueron reconstruidos y con ellos se expone actualmente en el Museo de Arte de Cataluña. En esta capilla había otro retablo de finales del siglo XVI dedicado a Santa Catalina de Siena. Desaparecida la capilla, de este segundo retablo no hay vestigios, al menos localizados.



El retablo de la Virgen es de pintura al temple sobre tabla.  Se ha datado en la segunda mitad del siglo XIV, entre 1367 y 1381, fechas que corresponde con el priorato del Comendador Fray Fontaner de Glera que está representado como donante arrodillado a los pies de la Virgen en la escena central.  El Comendador era el prior de la comunidad de sanjuanistas que vivía en Sigena junto a las monjas. Era un grupo de frailes que estaba subordinado a la priora, o sea, una comunidad masculina concebida como complemento de la de religiosas.



Ha tenido varias atribuciones: Pano y Arco y Garay lo atribuyen a Borrassa;  José Gudiol al círculo de Ramón Destorrents y Alcolea a Francisco Serra, aunque la más aceptada hasta la fecha es la de Post y Camón Aznar que lo hacen obra de Jaime Serra, y como tal se cita en la cartela explicativa que le acompaña en el Museo.



El retablo reproduce preciosas escenas de la vida de la Virgen con gran sentido descriptivo y brillante colorido. En la calle central aparece, como figura principal, la Virgen entronizada y el donante, Fray Fortaner de Glera, de rodillas en posición orante y con la inscripción identificativa “FRA. FORTANER. D.GLRA. COMNADOR. D.SIXENA”. En el ático, la escena de la Crucifixión.



En la calle de la izquierda, desde arriba, izquierda-derecha se reproducen las siguientes escenas: Anunciación, Nacimiento de Jesús, Epifanía, Presentación, Jesús ante los doctores de la ley y Bautismo en el Jordán.  En las calles de la derecha, Resurrección,Ascensión, Pentecostés, Preanunciación de la Muerte de María en la que el arcángel San Gabriel anuncia su próxima muerte a la Virgen mientras San Pedro y San Juan se acercan,Dormición y Coronación.



En la predela hay escenas alusivas a las profanaciones judaicas, temas muy del momento, en que los cristianos y judíos no se llevaban siempre bien, siendo frecuentes las persecuciones que justificaban con acusaciones como las aquí incluidas. De izquierda a derecha se representan: Reaparición milagrosa de una hostia, Recuperación de una hostia arrojada al mar, Última Cena, Sacrilegios y martirios judíos y Milagro de una mujer que había comulgado en pecado mortal.



El retablo está considerado como una de las obras más sobresalientes de la Comunidad sigenense, y como tal se expone en el Museo barcelonés como una de las piezas “estrella” de su colección de arte gótico.

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