domingo, 8 de octubre de 2017

EL ARCHIDUQUE LEOPOLDO GUILLERMO EN SU GALERIA DE PINTURAS EN BRUSELAS...DAVID TENIERS


Esta obra representa al archiduque Leopoldo Guillermo en su gabinete de pinturas acompañado de otros cuatro personajes. Conocemos la identidad de dos de ellos, el propio autor del cuadro y el conde de Fuensaldaña, por los inventarios del Alcázar de 1666 y 1686. El archiduque, el más joven de los hijos del emperador Fernando II, nació en Austria en 1614, pero fue educado en la corte de Madrid, viendo y estudiando las colecciones de Carlos V y Felipe II, en un ambiente propicio para que naciera en él un amor por la pintura que compartiría con igual pasión con su primo Felipe IV. El conde de Fuensaldaña fue también un buen conocedor de la pintura que, no lejos de estas fechas, encargó a David Teniers la compra de varias obras para su colección en Londres, siendo también suyo el encargo de los tres grandes lienzos del monasterio de Fuensaldaña de Valladolid, conservados en el Museo Nacional de Escultura. Esta obra, catálogo ilustrado, como el resto de gabinetes pintados por Teniers, destinado a mostrar la riqueza y calidad de las obras que poseía el archiduque, fue encargada por éste como regalo a Felipe IV. Tanto Malraux como Eugenio d'Ors vieron en este gabinete un ejemplo modélico del coleccionismo «alejandrino» de la época, pero en esta obra, a diferencia de lo que ocurre con los cuadros de los sentidos de Rubens y Jan Brueghel de Velours (Prado), las alegorías mitoló­gicas y los objetos fantásticos se sustituyen por personajes y pinturas reales en las que, de acuerdo con las ideas modernas sobre coleccionismo, existe una preocupación por la autoría de los artistas que lleva a hacer constar sus nombres en los marcos de las obras. En esta pintura están representados cuadros de auto­res flamencos, como una Circuncisión, réplica de la que Rubens hizo para la iglesia de San Ambrosio de Génova; un retrato de la Archiduquesa Isabel Clara Eugenia vestida de carmelita, según modelo de Rubens con el nombre de Van Dyck en el marco, en el primer plano y la tabla de San Lucas y la Virgen de Jan Gossaert, en la que Teniers imita al original con fidelidad, incluso su fino modelado, a la izquierda. Entre los cuadros italianos, están localizados la mayoría: La Virgen con el Niño es la parte central del Tríptico de san Casiano de Antonello da Messina. Los dos paneles restantes con San Nicolás de Bari y Santa Anastasia y Santa Úrsula y santo Domingo están colocados en segundo plano. Tres Tizianos: El pastor y la pastora, una Dánae, que es igual a las versiones del Museo del Prado y del Ermitage de San Petersburgo, y Diana y Calixto. En la derecha hay un retrato de Filippo Strozzi, una Judith de Carlo Veneziano, los Tres filósofos de Giorgione y el Descendimiento de Tintoretto. La Santa Margarita, varias veces repetida en los gabinetes del príncipe, no parece original de Rafael como pensó el archiduque y, posiblemente, es copia de Giulio Romano; otra versión posee el Louvre y una copia de pequeño tamaño hizo Teniers. De Veronés son la Adoración de los Reyes, Cristo y la samaritana y San Sebastián. Próximo al retrato de Isabel Clara Eugenia está una joven de cabello rubio de Palma, según reza la inscripción del marco, aunque hoy se piensa que sea de Tiziano, el Retrato de Violante y Lucrecia y Tarquino de Tiziano. Encima de la Adoración de los pastores está el Buen samaritano de Bassano, muy repetido en las galerías de Teniers; y Cristo y la adúltera de Tiziano. Al lado está la Magdalena de Palma el Viejo de la colección Malborough; un Retrato de artista al fondo de la estancia, que hoy se estima de Giorgione; Laura, también de Giorgione, y Joven con gorro del mismo artista, en la colección de Jacques de Mons. Siguen varios lienzos de Bassano, un San Pedro de Guido Reni, y un Descendimiento de Annibale Carracci, en la estancia del fondo. De izquierda a derecha están la Judith de Pordenone, dos retratos de Holbein y Tintoretto, una segunda Judith de Palma, dos historias de Fetti y Schiavone; y retratos de Tiziano, Moro y Key; en el muro frontal derecho, La Huida a Egipto de Tiziano (colección marqués de Bath), dos retratos atribuidos a Leonardo y Bassano y nuevas obras de Schiavone, Tiziano y Paris Bordone. En el primer plano, un Correggio y otro Schiavone. La Joven desnuda, de Correggio, está repetida en el gabinete del Kunst­historisches Museum de Viena. ­Todas las pinturas representadas en el gabinete del archiduque se reproducen en el Theatrum pictoricum ­Davidis Teniers antuerpiensis y la mayor parte de ellas fueron ofrecidas por el archiduque a su hermano el emperador Fernando iii en 1651, pasando a Austria definitivamente en 1656 después de que el archiduque renunciara al cargo de gobernador de Flandes y ocupara el trono de Austria. Hoy constituyen el fondo principal de la pinacoteca de Viena, adonde llegaron pro­­­­cedentes del palacio de Coudenberg. Además de las pinturas, en el cuadro se representa una mesa con varios objetos artísticos encima, que se apoya en una escultura en bronce de Ganimedes, portando una copa que ofrece a los ­dioses, obra de Duquesnoy el Joven, que fue repetida en muchos gabinetes y junto a la que se sitúa Teniers, con un papel en la mano, y el duque de Fuensaldaña. En el centro, al final de la estancia, aparece una puerta entreabierta que sugirió a Velázquez el fondo de Las meninas. Al otro lado se sitúa el archiduque, cubierto con un sombrero, privilegio de los grandes de España, y detrás de él otras dos figuras sin identificar. Conocemos tempranas referencias a este cobre singular como las de Lázaro Díaz del Valle que datan de 1653: «Su majestad tiene en Palacio una tabla (?) que es de su mano [Teniers] tiene varias pinturas pequeñas en una lámina donde hay obras de otros grandes pintores y dice David Teniers pintor de cámara de S.A.S. y la he visto». También aparece inventariado en el Alcázar de Madrid, en 1666, 1686 y 1700, en el cubillo de la pieza de la audiencia: «Una lámina de vara y media de ancho y una vara y cuarta de alto de diversas imitando a sus autores, hecha en Flandes con los retratos del señor Archiduque Leopoldo y el conde de Fuensaldaña de mano de David Teniers». En 1747 pasó al palacio del Buen Retiro, descrito erróneamente como estudio del duque de Florencia y, en 1794, aparece ya identificado como estudio de David Teniers, en el Palacio Nuevo de Madrid.

BIBLIOGRAFÍA

  • Ors, Eugenio d', Tres horas en el Museo del Prado, Madrid, Ediciones Españolas, 1941, p. 179.
  • Schütz, K., La peinture flamande au Kunst­historisches Museum de Vienne, Amberes, Fonds Mercator, 1987, p. 208.
  • Díaz Padrón, Matías, Catálogo de pinturas. Escuela flamenca, siglo XVII, Madrid, Museo del Prado y Patronato Nacional de Museos, 1975, pp. 404 y ss.
  • Davidson, Jane P., David Teniers the Younger, Boulder, Colorado, Westview Press, 1979, pp. 21 y 28.
  • David Teniers the Younger, cat. exp., Gante, Snoeck-Ducaju and Zoon, 1991.
  • Vergara, Alejandro, «The Count of Fuensaldaña and D. Teniers. Their Purchases in London after the Civil War», The Burlington Magazine, Londres, 1989, p. 127.
https://content.cdnprado.net/imagenes/Documentos/imgsem/e3/e319/e319cfb1-6bbb-44af-99a2-edee8dff8360/857db5c8-b826-49d0-8c2c-e6223070f04b.jpg
https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/archiduque-leopoldo-guillermo-en-su-galeria-de/e319cfb1-6bbb-44af-99a2-edee8dff8360

martes, 3 de octubre de 2017

ANTON VON WERNER - “En el cuartel de la tropa, a las afueras de París”


Anton von Werner - “En el cuartel de la tropa, a las afueras de París”
(1894) Alte National Galerie, Berlín)
Desde que Anton von Webern hizo el boceto de esta obra hasta que la pintó, pasaron veinticuatro años. Había estado presente, como artista, en la guerra franco-prusiana, para dejar testimonio gráfico de las hazañas de los soldados de su país. Esta escena representa a varios oficiales del ejército prusiano relajándose en el Château de Brunay, una casa que habían requisado a las afueras de París. La obra pretende remarcar el contraste entre el elegante interior, decorado en tonos pastel, con predominio del amarillo y el dorado, y el carácter campechano de los soldados, vestidos en colores oscuros, que campan a sus anchas por el salón con las botas llenas de barro. Al fondo, junto a la puerta, podemos ver al ama de llaves de la casa con su hija. Si lo dejásemos aquí, llegaríamos a la conclusión de que “no se hizo la miel para la boca del asno”. ¿Pero no os parecería raro que el artista, un patriota convencido, se haya dedicado a tirar piedras contra su propio tejado? No tendría ningún sentido.
Este cuadro se pintó para glorificar a los militares prusianos. Si os fijáis, aparte de manchar la alfombra con las botas, en realidad no están haciendo nada malo. Los objetos lujosos con los que estaba decorada la casa siguen enteros y  en su sitio, cuando podrían perfectamente haberlos robado. En vez de quemar alguna silla para encender la chimenea, se han molestado en salir al jardín a cortar leña. Uno de ellos está cantando mietras otro le acompaña al piano. Según el propio artista, estaban interpretando un lied de Schubert llamado “Am meer” (Junto al mar), basado en un poema de Heine, y que pueden escuchar aquí: 



ILIA REPIN Y LOS BATELEROS DEL VOLGA



En este cuadro vemos como un grupo de trabajadores, desde la orilla del río, con cuerdas entorno a sus torsos como si fuesen animales de tiro, remolcan a contracorriente una pesada embarcación. El día es soleado y los hombres, agotados, arrastran con lentitud pero sin descanso la pesada carga a la que están atados. Sus cuerpos se inclinan hacia delante por el esfuerzo, avanzando en diagonal, hacia la izquierda del cuadro, como si fuesen a pasar justo al lado del espectador. Al fondo de la pintura podemos ver otras embarcaciones navegando y la otra orilla del río, pero la línea del horizonte queda tapada por los sirgadores y su barco, reclamando toda la atención de la obra. Todo el conjunto está bien iluminado por la luz del sol, aportando una fuerte claridad sobre el agua del río y la orilla de la arena. Claridad que contrasta con el tono oscuro de los remolcadores, sucios y harapientos, logrando que destaquen con mayor fuerza. 

Esta obra es el fruto de un viaje del pintor a lo largo del Volga, donde pudo comprobar de primera mano la ardua tarea de los sirgadores, dejándole fuertemente marcado, tanto por la dureza inhumana de la labor como por la fuerza que mostraban al remolcar las embarcaciones. Realizó varias bocetos al natural, retratando a sus protagonistas, además de tomar notas con sus reflexiones. Aunque en el cuadro sólo aparecen hombres, era frecuente que las cuadrillas estuviesen formadas también por mujeres. Con esta pintura Repin pretendió denunciar la situación de estos obreros y a la vez rendirles un pequeño homenaje, pero no mediante una imagen patética que inspirase lástima, sino mostrando su resignación y fortaleza al ser capaces de realizar una tarea hercúlea más propia de héroes que de hombres.


De todos los trabajadores, solamente uno de ellos mira directamente hacia el espectador. Gracias a las anotaciones del pintor, sabemos que se trata de un antiguo sacerdote excomulgado. El hecho de que un religioso hubiese acabado como sirgador, sorprendió a Repin, por lo que le dio un papel especial en el cuadro, convirtiéndole en quien nos lanza una mirada tan expresiva, estoica y resignada, pero llena de fuerza y determinación.


 Sin embargo de todas las figuras, la que más destaca es la del joven situado en el centro, con unas ropas más claras, la piel pálida y el rostro mejor iluminado por el sol, atrae en seguida la atención. Todos sus gestos le hacen diferenciarse de los demás a pesar de que viste igualmente harapos y lleva las cintas de cuero entorno a su torso. Pero su cuerpo está recto y levanta la cabeza para mirar hacia la otra orilla del río, mientras con las manos parece decidido a liberarse de sus ataduras. No hay que pasar por alto la pequeña cruz de madera que lleva al cuello. El artista parece confiar en la juventud y en la religión para hacer posible un futuro mejor.


Sobre el barco que los sirgadores arrastran, podemos ver a un par de marineros maniobrando para evitar quedar encallados en la orilla. En lo alto del mástil la bandera del Imperio Ruso ondea agitada por el viento, curiosamente aparece al revés, con los colores invertidos. Sin duda no se trata de algo casual, Ilya Repin la pintó así con toda intención, quizás para criticar a un estado ruso anclado en el pasado que permitía la explotación de sus ciudadanos en trabajos tan inhumanos. Esa idea parece corroborarse cuando vemos en la lejanía una embarcación de vapor, símbolo de la revolución industrial, un progreso técnico que podría liberar a los sirgadores de su extenuante quehacer.

https://www.guggenheim-bilbao.eus/obras/sirgadores-del-volga/
http://www.foroxerbar.com/viewtopic.php?t=11114
http://lamemoriadelarte.blogspot.com.es/2013/08/los-sirgadores-del-volga.html
http://museoruso.blogspot.com.es/2008/09/los-bateleros-del-volga.html
http://el-desavio.blogspot.com.es/2012/02/los-sirgadores-o-bateleros-eran-los.html

lunes, 25 de septiembre de 2017

JOHANNES VERMEER Y LA MÚSICA


Holanda va a escribir en el barroco una de las páginas más brillantes del arte de la edad moderna. País y sociedad originales, su pintura, como reflejo, va a estar dotada de una fascinación especial. 
En primer lugar la personalidad de Holanda está en gran parte definida por  el mar; por su condición de tierras bajas el mar ha sido siempre amenaza, pero también un elemento con el que se lucha y al que se domina. Tierra llana, en la que sin obstáculos del relieve puede contemplarse un cielo de nubes, pocas veces sereno, con agua por todas partes, en sus canales, sus mares interiores, sus innumerables lagunas, los reflejos y la amplitud de los horizontes sensibilizan la pupila de sus pintores, mientras la intensidad de los brillos, en el cielo y las aguas, va a transmutarse poéticamente en luz en los cuadros. 
En un continente de naciones monárquicas, Holanda es una república, en un siglo de monarcas absolutos y aristocracias privilegiadas Holanda es una sociedad burguesa, de comerciantes y hombres de mar. La clientela de los artistas es bien diferente de la de otros países y no es difícil explicarse la inclinación de los pintores de plasmar moradas confortables y muebles delicados. En una colectividad que vive del comercio poco lugar queda para los entusiasmos épicos, y en consecuencia se plasman escenas que para otras escuelas carecerían de importancia: un síndico de pañeros, una vista de ciudad, una calle… 
El país es pequeño, las distancias cortas, las poblaciones no crecen demasiado; todo se mide con una escala humana. Y de ahí se deriva, siguiendo las directrices que en el s. XV habían señalado los primitivos flamencos, el amor hacia lo cotidiano, o hacia el detalle aparentemente nimio. Donde maestros de otras latitudes buscarían una gran línea monumental los ojos del pintor holandés descubren una trena de cabello, una hebilla en un manto, el brillo de un botón. El pincel sigue al ojo y la acción se detiene en los encantos de la existencia cotidiana. 
Dominadores del color, que aplican en pinceladas sueltas, poetas de lo pequeño, filósofos del hombre normal... La atmósfera de los interiores no da la impresión de indiferencia sino de una presencia tenue, de una comunión del hombre con el recinto en el que vive.  
En la actualidad, Johannes Vermeer (Delft, 1632 – Delft, 1675) ha pasado de la oscuridad al primer plano de la apretada multitud de genios de la pintura del siglo XVII holandés. Su único rival es nada menos que Rembrandt, y en estos momentos va por delante de él como artista de culto y gran atracción pública, foco de atención de estudiosos e intérpretes, inspirador de falsificaciones e invenciones, y obsesión de fanáticos amables y siniestros. 
Los documentos históricos nos dicen que Vermeer no pintó muchos más de los treinta y cinco cuadros (ningún dibujo y ningún grabado) que hoy se le atribuyen con seguridad. Durante su carrera, más bien corta, que se puede situar entre 1652 y 1675, sólo realizó dos o tres obras por año. Después de su muerte, sus pinturas fueron atribuidas generalmente a otros artistas holandeses que no estaban a su altura y cuya huella se ha perdido. Este pintor excepcional, olvidado desde el día de su muerte, fue redescubierto en 1856, gracias a los trabajos del historiador del arte francés Thoré-Bürger. 
Vermeer fue sólo la cumbre más pura, más inaccesible, entre un puñado de maestros que entre 1650 y 1675, en Leiden, Amsterdam o en la propia Delft, hicieron del interior burgués un cosmos ordenado o un laberinto apasionante. 
La mayor parte de los cuadros de Vermeer son escenas de interior, género desarrollado, a partir 1620, por los pintores de Ámsterdam y de Haarlem, como Willem Buytewech, Dirck Hals y Pieter Codde. Destinados a decorar las residencias de la burguesía holandesa, entonces en la cima de su poder gracias a su próspero comercio marítimo, sus cuadros representaban a menudo personajes ricamente vestidos, tocando un instrumento musical o bebiendo vino en estancias señoriales, decoradas con refinamiento. Gabriel Metsu, que, siguiendo el ejemplo de Vermeer, había comenzado como pintor de historia, decidió dedicarse preferentemente, como éste hacia 1655, a las escenas de interior. Pero el principal contemporáneo de Vermeer, al que se pudo calificar de renovador del cuadro de género, fue Gerard Ter Borch (1617-1681). Los dos se conocieron en Delft y sabemos que se apreciaban mutuamente. Bajo la influencia de Ter Borch, los artistas holandeses dejaron de pintar escenas de posada o de todo otro tema tenido por vulgar. 
Escenas de galanteo, lecciones de música, visitas y lecturas de cartas fueron algunos de los temas que ocuparon buena parte de la producción de estos artistas, preocupados tanto por el verismo y el entretenimiento cuanto por la moralidad. La vida corriente hizo su irrupción en la pintura perfilando un género perfectamente definido.
En el caso de Vermeer la pintura se concentra y exige una atención que va más allá de la curiosidad. No se limita a informarnos de que las mujeres reciben cartas de amor y las escriben, que tienen en las criadas a sus cómplices, que se ponen collares, que atienden a las labores domésticas..., como hacen pintores como Ter Borch y Metsu, Maes, Netscher... Vermeer nos indica cómo mirar, nos dice, ante todo y primero, que hay que mirar y que mirando descubrimos una realidad mucho más consistente de la que el género representa. 
Un inventario de los instrumentos que aparecen en los cuadros conservados de Johannes Vermeer de Delft (1632-75) incluiría tres virginales muselar, un clavicémbalo, tres bajos de viola, cuatro cítolas, una guitarra, una trompeta y quizás una flauta dulce. 
El virginal era un instrumento muy admirado por la burguesía holandesa a mediados del siglo XVII. El tono lírico contenido que resonaba de su teclado sostenía el refinamiento que acompañaba el incremento de su riqueza y su influencia social. Los sentimientos que la música y las letras expresaban y el papel que a la vez jugaban, en los escalones más elevados de la sociedad holandesa, frecuentemente se inscribía sobre los propios instrumentos. El texto sobre la tapa del virginal en “La lección de música” (The Royal Collection Her Majesty Queen Elizabeth II) dice: Música letitiae co(me)s medicina dolor” (La música, compañera de la alegría, medicina del dolor).
La estrecha relación entre amor y música se convierte en el tema protagonista de este lienzo que Vermeer pintó en los años iniciales de la década de 1660, poco tiempo después de ser nombrado síndico del gremio de pintores de Delft en 1662.


El concierto 

Al igual que “El concierto” (Isabella Stewart Gardner Museum, Boston), la escena se desarrolla en el fondo del espacio: una mujer de espaldas toca el virginal, contemplándose su rostro reflejado en el espejo donde observamos que mira hacia el lado derecho, donde esta el hombre, de perfil, vistiendo elegante traje oscuro con cuello y puños bordados en blanco, portando una daga y una banda como signos de su distinción social. En la zona de la izquierda se abren dos amplias ventanas por las que penetra la potente luz que ilumina la estancia, creando efectos de claroscuro en la línea de Caravaggio, aunque atenuados por el maestro de Delft. Una magnífica sensación atmosférica envuelve la habitación para difuminar los contornos pero sin atenuar las brillantes tonalidades de los trajes o de los objetos, especialmente el azul de la silla.
Un jarro blanco que se deposita sobre la mesa podría aludir a otro de los vehículos empleados por los amantes para alcanzar sus conquistas: el vino. La disposición de los elementos en paralelo al espectador para aportar el efecto de perspectiva, acompañado por la bicromía en las baldosas, serán cuestiones habituales en la producción de Vermeer, apareciendo en primer plano algún objeto que hace de barrera ante el espectador, en este caso la mesa con el suntuoso tapiz. La aplicación del color se hace de manera "puntillista", repartiendo de forma chispeante la luz por toda la superficie pictórica.
En las muchas pinturas del período que presenta el virginal, ninguna captura tan bien como las de Vermeer el balance y la armonía de su música o la elegancia y refinamiento del mundo al que pertenecía.
El virginal muselar es el tipo de instrumento pintado siempre por Vermeer. La peculiaridad de su diseño consistía en la ubicación del teclado en el extremo derecho de la caja así como la realización de una caja de resonancia con forma de cajón. No es un instrumento idóneo para músicas rápidas o complejas; se adapta a un tipo de melodía para teclado de textura abierta y a un bajo poco elaborado.
Concretamente, el modelo que nos ofrece Vermeer, con su decoración con lemas, las líneas y arabescos pintados en bermellón, la veta de la madera y los motivos de delfines sobre papel estampado, todo ello sobre un bastidor de madera de roble sin pintar, constituyen una representación exacta de modelos conservados intactos hasta hoy, como el copiadísimo instrumento de 1611 construido por Ioannes Ruckers, expuesto en la Vleeshuis de Amberes. 
El centro de construcción estaba en Antwerp donde la familia Ruckers había ganado fama internacional por la gran calidad de su mano de obra y su ingenio técnico. Esta familia de constructores dominó la producción de Antwerp a finales del s. XVI y durante la primera mitad del siglo XVII. Sus instrumentos encontraron su camino en toda Europa e incluso algunos viajaron a América del Sur. En la actualidad, nos consta que se conservan unos cien instrumentos de este constructor. 


En “Dama tocando el virginal de pie” (National Gallery, Londres), cuadro de factura posterior, el virginal tiene un esquema decorativo mucho menos pintoresco: parece más unificado y, a la vez, más clásico y se adapta bastante mejor a la luz más brillante y menos velada y a contornos más perfilados que encontramos en él y en otros tardíos...


Por ejemplo, en “La guitarrista” (Fonds Iveagh, Kenwood, Londres). El marmoleado decorativo, aunque no es mejor como imitación de la piedra auténtica que el falso mármol pintado sobre los instrumentos actualmente conservados, posee un audaz sabor abstracto y aparece generalizado en todas las superficies que solían llevar papeles pintados y lemas, a excepción del interior de la tapa que presenta, en cambio, un paisaje sencillo y desprovisto de personas, nada característico, desde luego, de las pinturas conservadas realizadas sobre virginales profusamente decorados.
A pesar de formar parte de una composición que da la impresión de la más rigurosa perspectiva con un único punto de fuga (tan rigurosa como todas las de Vermeer), la pintura de esta tapa posee unas características curiosas. El paisaje, según ha señalado Philip Steadman, no es ópticamente correcto. Para resultar inteligible, ha sido girado un poco hacia el plano del cuadro; el borde negro, cuya anchura no disminuye siguiendo las exigencias de la recesión, confunde adicionalmente la mirada y resulta pictóricamente inestable, apareciendo a veces no como una tapa sino como una abertura de forma rara hacia una vista irreal del paisaje situado detrás.





En los interiores de Vermeer hay muchos cuadros dentro de los cuadros: la mayoría emergen de entre las sombras, pero el imponente Cupido que muestra aquí una carta de la baraja parece estar haciendo una declaración inequívoca de fundamental importancia. El examen con rayos X ha revelado que ese mismo Cupido se hallaba también en el fondo de su “Muchacha leyendo una carta junto a una ventana abierta” (Staatliche Gemaldegalerie, Dresde), de la década de 1650, pero fue sobrepintado. No es el único caso en que Vermeer suprime una evocación demasiado explícita al retocar sus cuadros; en esta ocasión, sin embargo, parece agradarle que aceptemos la significación sugerida por los amorcillos de los libros de emblemas, donde el as mostrado significa: “El amor perfecto es sólo para una persona”. Por otra parte, la música (¿concluida o a punto de comenzar?) interpretada por esta joven centrada, estatuaria, con su mirada de cordial reconocimiento, no daría pie a las asociaciones convencionales de la época sobre la inmoralidad o la vanidad de este mundo.
Este cuadro contiene además el más imponente de los tres bellos bajos de viola de Vermeer. En sus cuadros no aparecen nunca tocados ni sostenidos por nadie, sino que están tendidos o apoyados, permitiendo así una exhibición de virtuosismo en la realización de una perspectiva o un escorzo, aunque podríamos imaginar que sus cuerdas no tocadas resonarían por simpatía con la música interpretada, a la manera de los instrumentos d’amore, como metáfora de la afinidad de dos corazones.
La cítola se asociaba, más que el virginal, el laúd o el bajo de viola, a clases sociales inferiores y podía ser un instrumento de los “músicos” o burdeles. En el cuadro temprano de Vermeer titulado “La alcahueta” (Staatliche Gemäldegalerie, Dresde) podemos ver el clavijero de uno de ellos sostenido por uno de los circunstantes, un hombre sonriente que es, quizás, un autorretrato del artista. Después de este cuadro ligeramente siniestro, las cítolas de Vermeer parecen hallarse en una compañía más refinada.


Para juzgar el número de cuadros de damas sentadas o posando con instrumentos desde las décadas de 1650 y 1660 por Frans van Miers, Jan Oteen, Gerar ter Borch, Gerard Dou, Gabriel Metsu, y Vermeer, se observa que la capacidad de las mujeres para este arte era muy estimada. Una vez dominado el arte ella interpretaría de forma individual o como parte de un dúo o de un trío, normalmente en una escena doméstica. Efectivamente, además de ser una forma artística de expresión indicada para una mujer joven, también servía a una función social por su facilidad para el contacto.


Un sentimiento comparable de armonía impregna “La chica interrumpida en su música” (The Frick Collection, Nueva York) de los tempranos 1660, donde un atento caballero asiste a una mujer joven con su partitura. Un cuadro de Cupido en la pared trasera afirma que el contacto entre los dos es amoroso; la relación de esta imagen de Cupido como un emblema de Otto van Veen, que subraya la importancia de tomar un amante, establece la moral de la escena. De forma similar, la presencia del hombre que está paralizado por la música en “La lección de música” debe ser explicada de otra manera. La música era usada metafóricamente de forma frecuente para sugerir la armonía de dos almas enamoradas, una aliada del deseo erótico que anuncia  un encuentro más íntimo.

De hecho, en “La lección de música”, la mujer es vista directamente por detrás. Sus manos y música  se ocultan al espectador; su cara, parcialmente girada hacia el caballero, aparece débilmente visible en el espejo colgado antes de ella. De este modo Vermeer enfatizaba menos los específicos de la mujer y su música que la los abstractos conceptos que su música encarna: juego, armonía enamorada,  cicatrices y consuelo. Vermeer parece tener muy pensada la tradición pictórica con la que Oteen trabajaba por la transformación de alusiones del amor en algo más universal y menos moralizante.
Este mensaje bebe de un entorno total en donde las figuras existen más que son enfocadas en sus actitudes y actividades. Para Vermeer, las características geométricas de la habitación, su mobiliario, y la luz que impregna su establecimiento sus marco esencial para transportar la naturaleza de las relaciones de las figuras. El tema de cicatrices y consuelo, es reintroducida a través de la pintura parcialmente visible en la pared trasera. Es suficiente la superficie que se ve para indentificarla como una representación de Cimon y Pero, una historia tomada de Valerio Máximo, más conocida como Caridad Romana.
Una celebración comparable de música como una metáfora de la armonía enamorada subraya “El concierto”. Vermeer monta las tres figuras del conjunto musical en completa armonía: tocan sus instrumentos, mantienen el tempo... De este modo, como en “Dama sentada ante el virginal”, la presencia de “La alcahueta” de Van Baburen en la pared trasera establece un contraste temático entre la música asociada con el amor ilícito amor y música asociada con armonía y moderación.


De las cuatro representaciones de viola da gamba de Vermeer, el de la “Dama sentada ante el virginal” es ciertamente el más espectacular. Aquí, la viola está proporcionada con un tipo de taquigrafía pictórica que redujo los fenómenos visuales a sus términos más desnudos sin la pérdida de ninguna característica visual fundamental de los objetos.

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miércoles, 20 de septiembre de 2017

LA ALFOMBRA DE ARDABIL (1539-1540)


La alfombra de Ardabil es uno de los primeros ejemplares de alfombra persa y una de las pocas que fueron firmadas.data del siglo XVI y es una importante obra de arte hecha en un medio con una larga y compleja tradición en la historia del arte islámico.Esta alfombra es una de las dos que fueron vendidas al Victoria & Albert Museum de Londres a finales del siglo XIX. Ambas estaban en tan mal estado que solo una de ellas pudo ser integramente restaurada usando materiales de la otra.Las alfombras de Ardabil fueron completadas entre 1539 y 1540 en la corte del Shah Tahmasp,quien las mandó tejer para el santurio de su antepasado Shaykh Safi al-Din Ardabili:estuvieron colocadas una junto a la otra en la mezquita funeraria durante mas de 300 años.
La alfombra de Ardabil es una de las mas grandes del mundo y está considerada una obra maestra del arte religioso safávida debido a la sutileza y la complejidad de su estampado,la intensidad y la riqueza de sus colores y sus monumentales dimensiones.
Su shamseh central forma un medallon tipo galaxia rodeado por cartuchos ovalados.Los objetos representados en la alfombra como,por ejemplo,la pareja de lamparas colgantes,presentan una forma plana y bidimensional.Este diseño se sirve de la perspectiva para sacar el maximo provecho de la superficie plana de la alfombra y es caracteristica del arte islamico.
La alfombra presenta diez impresionantes colores que van desde el turquesa,el azul oscuro,el azul intenso,el verde y el verde claro hasta el color crema,el amarillo,el color salmon,el color ciruela y el negro.
En uno de sus extremos,la alfombra presenta la siguiente inscripción." A excepcion del cielo, no hay refugio para mi en este mundo;no hay otro lugar para mi cabeza.Trabajo para el esclavo de la corte.Maqsud de Kashan,946".Esta oda de Hafiz es una referencia al rezo musulman.
Las lamparas colgantes que aparecen a ambos lados del circulo central presentan tamaños diferentes,pero cuando la alfombra se contempla desde donde está la mas pequeña,ambas parecen tener el mismo tamaño.Este uso de la  perspectiva es extremadamente poco frecuente en el arte salfávida.
El shamseh circular surge del centro de la alfombra.se trata de una caracteristica muy comun en las pinturas de los manuscritos,los textiles y la decoración arquitectónica de islam,lo que indica que hubo una estrecha colaboración entre los talleres de varios artesanos de la corte del Shah.
El uso de arabescos y motivos curvilineos tales como hojas,tallos y flores arremolinados es un rasgo típico de la ilustración de libros y de los ejemplares del Coran.La influencia de la iluminación se extiende a todos los ámbitos del arte safávida,especialmente en el diseño de alfombras.       

lunes, 11 de septiembre de 2017

HIERONYMUS BOSCH....LA MESA DE LOS PECADOS CAPITALES


Sabemos poco de la vida del El Bosco, mucho menos que de algunos de sus contemporáneos como Durero o Leonardo da Vinci, apenas unos trazos de su nacimiento,aproximadamente hacia el 1450 en la ciudad holandesa de Hertogenbosch (de donde quizás provenga su apodo), y sin embargo sus misteriosas composiciones han fascinado al mundo desde siempre.
En cuanto al contexto histórico en el que realiza su obra, se trata de finales del siglo XV cuando Europa se encuentra en en plena transformación hacia el Renacimiento.El oscurantismo medieval, dominado por la religiosidad y la moralidad, se abre progresivamente a una nueva visión humanista que pone en cuestión los tradicionales pilares de la sociedad. 
Realiza una pintura inspirada en la interpretación muy personal de las Sagradas Escrituras, arraigada dentro de la tradición holandesa en cuanto a técnicas pero consiguiendo un lenguaje propio, complejo y subjetivo que es fácilmente reconocible. Un mundo pictórico lleno de imágenes monstruosas e incluso grotescas de escenas extrañas y llenas de fantasía desbordante, donde aparecen personajes deformes y animales irreales. Sus cuadros casi oníricos son de difícil interpretación, pero en la mayoría de las ocasiones tratan de temas religiosos, donde a través de la ironía y la caricatura hace una crítica directa de la sociedad corrupta y pecadora en la que vive.
Simulan terribles pesadillas que algunos consideran predecesoras del movimiento Surrealista del siglo XX, aunque en realidad, El Bosco no se aleja de la influencia de la tradición y folckore medievales, donde los manuscritos miniados y los Bestiarios tuvieron un gran apogeo. 
De ahí su gusto por las escenas detallistas en miniatura que llenan el espacio de pequeñas figuras realizando la más variada de las acciones.Fue además un gran dibujante y un estudioso de la naturaleza, que supo expresar con gran libertad creativa, convirtiéndole en un pintor bastante moderno para su época.
La obra de El Bosco podemos considerarla como transición entre ambos mundos, se mantiene fiel al estilo medieval obsesionado con la piedad y la devoción cristianas, pero también se acerca a la expresividad renacentista en el tratamiento de las figuras. Su pintura se entiende como moralizante, presentándonos al artista como un visionario obsesionado con el demonio y la superstición.No buscaba la belleza idealizada, el canon, sino todo lo contrario, las escenas parecen llenarse de anarquía y yuxtaposición de las formas, rodeadas de cierto misterio donde podemos ver un gusto por los temas heréticos.


Esto ha llevado a algunos estudiosos han buscar cierto morbo,como planteó Wilhem Fraenger, que lo acusa de pertenecer a una secta herética donde se practicaba una escandalosa libertad sexual. Asegura que solo así podría interpretarse correctamente su trabajao lleno de simbolismo. No sabemos si esto es cierto o no, pero desde luego la imagineria que utilizó el artista debe tener algún significado oculto que obliga al espectador a buscar algo más, es quizás uno de los primero pintores en utilizar la abstracción conceptual.
El tema es la representación de los Siete Pecados Capitales conocidos por el acrónimo latino "saligia",palabra compuesta por la inicial de cada uno de esos vicios: superbia,avaritia, luxuria, ira, gula, invidia y acidia y de la que derivan todos los demás pecados terrenales para el Cristianismo.
Considerada una de sus primeras pinturas,tiene una composicion muy original. En este caso, usa una disposicion circular mediante tres anillos concéntricos, en cuyo centro aparece representado el ojo de Dios, dentro del cual situa la imagen de Cristo resucitado mostrando los estigmas. Alrededor de éste, coloca la leyenda en latín: "Cave, Cave, dominus videt" o lo que es lo mismo "cuidado, cuidado, Dios lo ve todo" advertencia de que los pecados del hombre no podrán ser ocultados a los ojos del Creador.
Alrededor de este espacio central, se distribuyen las escenas donde coloca los Pecados capitales o Vicios que amenazan permanentemente la vida de cualquier cristiano, entre ellos:



La Soberbia, el deseo de ser más importante que los demás, es uno de los principales pecados y lo identificada como una joven vanidosa con un rídiculo tocado que absorta en el reflejo del espejo no se da cuenta que éste lo sujetan los demonios.



La Lujuria o el deseo sexual irrefrenable, a través de dos parejas de amantes que entregados al filtreo no se dan cuenta de que un juglar es azotado justo a su lado.

La Ira, representada por dos borrachos que pelean ante la presencia de una sonriente mujer que los observa consciente de su ridiculez.




La Gula o el gusto excesivo por la comida y bebida, en un enorme banquete de manjares devorado por una familia de insaciables glotones.



  
La Pereza o el abandono de los deberes espirituales y el cuidado de uno mismo, identificada como un hombre dormitando mientras una mujer se acerca con un rosario para recordarle su olvido de los deberes espirituales.



La Avaricia, la deslealtad y aceptación de sobornos para el beneficio personal, en la escena donde sitúa a un juez aceptando el soborno de los que piden clemencia.



La Envidia, o el deseo de cualquier individuo de lo que otros poseen, como bien cuenta el refrán flamenco "dos perros con un hueso rara vez llegan a un acuerdo".

En las esquinas de la tabla aparecen varias escenas que completan el mensaje: Dios todo lo ve y los hombres serán juzgados al final de sus vidas. 
Así la Muerte, acecha tras la cama del moribuno que confiesa sus pecados...
En el Juicio Final la llegada de los ángeles anuncia el juicio de Jesucristo sobre las almas de los difuntos...



 Y mientras que en el Infierno los pecadores son condenados a terribles castigos, los justos son dirigidos a la Gloria de Dios en el cielo donde serán recibidas por San Pedro. 
                    File:Hieronymus Bosch 091.jpg
                     Escena del Infierno

Si todavía quedaba dudas sobre el mensaje moral de la obra, el autor incluye además dos textos del Deuteronomio: que advierte a los hombres que alejarse del camino de Dios tiene sus consecuencias...
 "Porque son un pueblo que no tiene ninguna comprensión ni visión, si fueran inteligentes entenderían esto y se prepararían para su fin” y "Apartaré de ellos mi rostro y observaré su fin". 
El patrón utilizado en la tabla, una especie de rueda, es algo común  en la Edad Media para recrear el camino tomado por los pecadores. Es la rueda del Vicio y la Fortuna, que se ha convertido en el ojo de Dios como lo interpreta W. S. Gibson ("Hieronymus Bosch and the Mirror of Man",1973).
                   File:L’Hortus Deliciarum.jpg
La rueda de la Fortuna del Hortus deliciarum. siglo XII
El cristianismo medieval controlaba todos los aspectos de la vida: la familia, el trabajo, las relaciones sociales,...siempre desde un punto de vista en el que el hombre es continuamente tentado por el demonio para alejarse de la fe. El pecado es prácticamente inevitable. No estamos por tanto ante una simple tabla, sino ante un sermón moralizante que advierte de las terribles consecuencias de las acciones del hombre que caen en esa tentación y se alejan de la gloria de Dios. 
Esta peculiar forma de pintar de El Bosco, le hizo gozar de gran fama entre los coleccionistas particulares, sobre todo fuera de su país en España y Venecia. Sin embargo, mantuvo un concepto artesano de la pintura propio del medievo, puesto que no firmaría muchas de sus obras. Apenas siete tablas contienen su firma -actualmente se reconocen unas veinticinco salidas de sus manos- mientras que el resto se han perdido e incluso falsificado.
Según su mayor admirador, Felipe II, El Bosco conseguía representar a los hombres no como querían ser, sino como eran en realidad. Más próximos a la caricatura y la decadencia, que al ideal de belleza renacentista que triunfaría poco después.

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