lunes, 20 de diciembre de 2021

MOISÉS DE CHARAS, EN LA CORTE DE CARLOS II

A finales del siglo XVII la ciencia empieza a establecer una lenta pero imparable separación de la bola de supersticiones que se había ido formando con el rodar de los tiempos. Incluso en un período de la historia de España considerado como de decadencia, el reinado de Carlos el “Hechizado”, encontramos personajes que, sin haber abandonado del todo las doctrinas precientíficas, ya anticipan discusiones que habrán de alcanzar su pleno vigor en el XVIII. Hablaremos hoy de una especie de “eslabón perdido” entre los alquimistas y los ilustrados.
El final del siglo XVII en la larga lista de reinos y posesiones que se gobernaban desde Madrid es un período que hay que analizar con bastante detenimiento y cuidado, y sin dejarnos llevar por la historiografía de brocha gorda. Es cierto que la decadencia política, comercial e intelectual de España era un hecho: lo mágico, legendario y sobrenatural contrastaban con un pujante norte que producía talentos como Isaac Newton. Pero entre la incultura y la desidia generalizadas, se estaban abriendo camino personajes que anticipaban lo que iba a ser el siglo de la Ilustración. Con la política del valido Juan José de Austria se hicieron tentativas de traer profesionales extranjeros que ayudaran a los de aquí a establecer algún tipo de proto-industrias. Los conocidos como “novatores” quieren insuflar aire fresco también a la apolillada vida filosófica…
Moisés de Charas nació en 1618 en Uzés, sur de Francia, y apareció en Madrid en 1684. Era boticario en unos tiempos en que los farmacéuticos como profesión empezaban a buscarse una diferenciación clara con respecto de los médicos. La separación había empezado unos trescientos años antes, pero en tiempos de don Moisés todavía había numerosas interferencias mutuas entre los dos gremios, con zancadillas corporativas, políticas y legales
Llegaron a Francia tiempos de persecución religiosa hacia los protestantes, fé que practicaba el boticario, que tuvo que abandonar su establecimiento de París y partir hacia el exilio. Varios países requirieron sus servicios, como Inglaterra u Holanda, y allí continuó con su actividad, que puede considerarse de puente entre los últimos ecos de la alquimia medieval y los primeros cimientos de la química propiamente dicha.Por aquellos años, igual que Sevilla era la puerta de entrada de América en Europa, por Venecia llegaban al Viejo Continente las mercancías de Asia, y gracias a ello, los venecianos tenían un verdadero monopolio en la fabricación de medicamentos primitivos, cuyas fórmulas guardaban en secreto, pero que se basaban en la mezcla de varios de los productos que traían desde miles de millas al este. El más reputado de estos brebajes era la llamada “triaca”, al que se atribuían poderes contra casi todos los males, y en cuya composición intervenían desde regaliz, mirra y goma arábiga a carne de víboras, mezcla propia de una bruja de los cuentos infantiles, pero que da una idea de lo rudimentaria que era la ciencia del momento. Moisés de Charas se dispuso a romper el monopolio de los venecianos, y en 1668 hizo público el procedimiento para elaborar la triaca, lo que le valió el reconocimiento oficial del rey de Francia. Para su estudio, el boticario hizo amplias investigaciones sobre las víboras, sus órganos internos, su modo de reproducción y su veneno, que habrían de serle muy útiles en trabajos posteriores. Fue, por tanto, un proto-zoólogo además de un proto-químico.

La fama de Charas había llegado a España, y en 1684 fue uno de los sabios elegidos para intentar apuntalar la salud del rey Carlos II, siempre precaria. A pesar de las diferencias religiosas, aceptó el trabajo en una corte católica y el traslado a muchas millas al sur, pero enseguida, a pesar de su labor, acabó chocando, no solo con los inquisidores, sino con las envidias del propio corporativismo de los “científicos” de la Celtiberia. Charas combatió la superstición de que las víboras de Toledo, y del territorio circundante a Toledo en 12 leguas de radio, eran inofensivas, con experimentos en los que se veía claramente como estos animales eran igual de peligrosos que sus congéneres de fuera de Toledo, y atacaban a los pollos. La leyenda había sido propagada como tradición por el Arzobispado para favorecer la fama de “santidad” de uno de sus titulares, y las averiguaciones del boticario resultaron incómodas para el poder espiritual de entonces: fue encarcelado y  sometido a un proceso por la Inquisición, y habría acabado sufriendo condena grave de no ser por sus contactos con la diplomacia de los Países Bajos, que consiguió su excarcelación y huida definitiva de España en 1689.
Tras otra estancia en las tierras holandesas donde había sido tan bien acogido, pudo regresar finalmente a su Francia natal, donde falleció en 1698. Sus herederos y continuadores mantuvieron la botica de París en funcionamiento hasta bien entrado el siglo XIX.
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lunes, 27 de septiembre de 2021

DIOSAS DE LAS SERPIENTES




Las estatuas conocidas como Diosas de las serpientes son un conjunto de pequeñas estatuillas halladas a principios del siglo XX en una pequeña estancia del Palacio de Cnosos en Creta y fueron realizadas en loza vidriada. Éste fue el más famoso de los palacios de la cultura minoica y data de entre el año 2000 y el 1700 a.C. Las pequeñas esculturas fueron halladas en una de las salas de la zona occidental del palacio, una estancia conocida como tesorería sacra. El descubrimiento de la cámara fue realizado en 1903 por el arqueólogo Arthur John Evans (1851 – 1941).
En ella se hallaron un conjunto de estatuillas que representaban la conocida como Diosa de la serpiente, al parecer se trataba de una primitiva deidad de la civilización minoica aunque también se ha especulado que podría tratarse de alguna sacerdotisa.

Según varias fuentes documentales, en la cultura minoica existía una primitiva divinidad femenina “La Señora” que hacía referencia a la fertilidad, además en el propio palacio de Cnosos se encontraron algunas tablillas que hacían referencia a la Señora del Laberinto, diosa madres de rebaños y tierras. Así parece muy posible que las estatuas halladas en la tesorería sacra hagan referencia a alguna de estas divinidades.

Del conjunto de estatuas la más conocida es una pequeña estatuilla que apenas llega a los treinta centímetros; es una figura exenta y de bulto redondo. Aparece ataviada con el típico traje cretense, una falda de volantes que le otorga un aspecto campaniforme. Cada uno de los siete volantes haría referencia a los siete planetas conocido por entonces o a los siete días que componen cada una de las fases de la luna; sobre ésta una especie de mandil y en la zona superior un ceñido corsé de media manga que deja sus pechos al aire, un referente a la fertilidad de la diosa.

Lleva los brazos estirados y en cada uno de ellos sostiene una serpiente que se ondula y cuyas cabezas miran hacia afuera, éstas se han interpretado como una alusión a la vida y la muerte y sobre todo a la capacidad de la Señora como principio y fin de todas las cosas.

Su rostro es esquemático con los ojos almendrados y la nariz recta, la boca está definida por gruesos labios. Sobre la cabeza lleva un gorro con un felino, animal sagrado en las culturas primitivas, y que aparece como guardián de la diosa.

Parece ser que la hoy conocida como Diosa de las Serpientes fue denominada por el equipo de Evans como Adoradora sin cabeza ya que carecía de la cabeza y el brazo izquierdo. Evans optó por reconstruir esta pieza a partir de un modelo mayor, hoy perdido, que sí identificaron desde el principio como Diosa de las Serpientes, ésta contaba con tres serpientes que se enroscaban a través de su torso y sus brazos. Con todo, el estado de conservación de la mayoría de las piezas encontradas es bueno y su calidad resulta inigualable.

Hoy algunas de estas esculturas se encuentran en el Museo Arqueológico de Heraclión

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http://arte.laguia2000.com/escultura/diosa-de-las-serpientes