miércoles, 29 de marzo de 2017

LA SERPIENTE DE METAL...SEBASTIEN BOURDON


Este tema bíblico, frecuente en la historia de la pintura, alude a una de las muchas pruebas que tuvieron que afrontar los israelíes en su camino hasta la tierra prometida. Narra el texto sagrado que habiendo sido picados por la serpiente venenosa, corrieron el riesgo de perecer; Moisés les salvó, actuando a tiempo “hizo Moises una serpiente de bronce y la puso por señal, a la cual, mirándola los mordidos sanaban” . Así está expresado en el lienzo de forma clara e inteligible: en primer término el Pueblo de Dios que se acerca buscando la salvación y en el centro, en un segundo plano, Moisés acompañado por otros personajes, mostrando con un gesto al ofidio metálico, enroscado en un mástil clavado en el suelo. Completa el efecto del conjunto el paisaje de fondo, en el que hay diversos grupos compuestos por figurillas que aluden a la escena que desarrolla el pasaje.
El lienzo fue entregado al Museo del Prado a mediados del 1979 por deseo de Katy Brunov, de Copenhague, quien por testamento lo legaba al Prado, con atribución a Poussin. La adscripción al maestro francés se debía a un análisis erróneo de las circunstancias estéticas que muestra la pintura, hoy creída firmemente de Bourdon. Efectivamente, la obra debió ser realizada entre 1650 y 1660, época en que el pintor recreó un espíritu clasicista por influjo probable de sus compañeros de Academia y debido a estos contactos, partiendo de ejemplos poussinescos, elaboró una serie de fórmulas que le aproximaron a Le Brun, aunque sin su carácter seco y reiterativo. En esta obra Bourdon hace gala de un depuradísimo dominio de la técnica, logrando a través de ella una de sus piezas más estimables. Al mismo tiempo, su sensibilidad para el asunto bíblico raya a gran altura, obteniendo un auténtico paradigma de expresividad religiosa, de acuerdo con el ambiente al que iba destinado, en función del carácter devoto de su tiempo. La relación entre los términos está espléndidamente conseguida gracias a las actitudes y gestos que forman la composición del primer plano, de concepción casi escultórica, contrapuesta a la severidad de las figuras del segundo, contribuyendo la armonía cromática y la luminosidad, ésta última atenuada. El sentido trágico del paisaje se despliega aún mejor en los fondos, de panorama desolador y desnudo, tratado en tonos apagados, por el que marchan grupos que entierran a las víctimas. Por otra parte, al seguir al pie de la letra el relato, se han suprimido las referencias arquitectónicas, con lo que el patetismo se acentúa y se refuerza la corporeidad de los volúmenes del ambiente donde transcurre la acción. En cuanto al momento exacto de la ejecución de la pintura no puede darse una fecha precisa. 
(Texto extractado de Luna J. J.: Museo del Prado. Adquisiciones de 1978 a 1981. Madrid, 1981, núm. 6)

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